El Ferrari de los órganos
Son tan pequeños y tan omnipresentes en nuestra vida cotidiana que tendemos a darlos por sentados, pero los ojos son el segundo órgano más complejo después del cerebro, y uno de los más delicados y especializados. Y aunque no llegan a competir con el corazón o las neuronas, las enormes necesidades energéticas de los fotorreceptores para procesar la visión los colocan entre los órganos con mayor densidad de mitocondrias.

Por desgracia, del mismo modo que un Ferrari de alto rendimiento se desgasta más rápido que tu viejo y fiable Volvo, nuestros ojos tienden a deteriorarse antes que otros órganos menos “tecnológicos” (pocas personas llegan a los 50 sin entrecerrar los ojos al mirar el móvil o sin necesitar gafas de lectura).
Y con tantas partes trabajando juntas en un equilibrio tan delicado, hay mucho que potencialmente puede salir mal en nuestra visión. Volviendo a la analogía del coche, un ligero desajuste de piezas probablemente no afecte demasiado a tu Volvo familiar avanzando a 60 km/h, pero sí puede mandar a un Ferrari que circula a 200 km/h directamente fuera de la carretera.
Ajustando el Ferrari
Se estima que más de 2.000 millones de personas (más de una cuarta parte de la población mundial) sufren algún tipo de alteración visual, siendo las causas más comunes las cataratas, los errores de refracción, la degeneración macular asociada a la edad (DMAE), el glaucoma y la retinopatía diabética.
La pérdida de visión puede originarse en distintas partes del ojo: afecciones como la retinopatía diabética y la DMAE afectan a la retina, la capa sensible a la luz situada en la parte posterior del ojo; el glaucoma se caracteriza por el daño progresivo del nervio óptico, que transporta las señales del ojo al cerebro; mientras que las cataratas afectan al lente, provocando que esta capa normalmente transparente se vuelva opaca. La menos grave pero muy común presbicia (hipermetropía asociada a la edad: el clásico gesto de estirar el brazo para leer el móvil) se debe al endurecimiento del lente y al debilitamiento del músculo ciliar que lo sujeta.

Retos y limitaciones del tratamiento
Como el ojo es un órgano tan pequeño, complejo y delicado, el tratamiento de sus enfermedades presenta un conjunto único de desafíos. Para empezar, las patologías oculares pueden tener múltiples causas y muchas (incluyendo glaucoma, DMAE y retinopatía diabética) son crónicas y progresivas, lo que exige un seguimiento y tratamiento de por vida. Además, a menudo permanecen asintomáticas hasta que ya están en fases avanzadas.
A esto se suman las barreras anatómicas y fisiológicas, entre ellas la barrera hematorretiniana (BHR) y la película lagrimal y la córnea. La BHR es una barrera muy selectiva y restrictiva, similar a la barrera hematoencefálica (BHE), que impide que los fármacos administrados por vía oral o inyectados en el torrente sanguíneo lleguen al interior del ojo (normalmente, menos del 2% de una dosis oral alcanza el humor vítreo). La película lagrimal y la córnea, por su parte, limitan la eficacia de los colirios al diluirlos o drenarlos rápidamente, reduciendo drásticamente la cantidad de principio activo que llega a los tejidos diana.
Esto nos deja con las inyecciones intraoculares y la cirugía, siendo las primeras actualmente el método principal para administrar fármacos en la retina. Pero seamos sinceros: que te claven una aguja en el ojo es invasivo y muy desagradable, especialmente cuando hay que hacerlo de forma regular, así que la adherencia de los pacientes suele ser un problema. La cirugía retiniana o corneal, por otro lado, es delicada, costosa y conlleva un riesgo significativo de infección, hemorragia o desprendimiento.
Tanto las inyecciones como la cirugía se complican por el tamaño y la fragilidad del ojo y por la limitada capacidad regenerativa de las neuronas retinianas y del nervio óptico, de modo que el más mínimo error puede tener consecuencias graves.
Nuevas fronteras terapéuticas
Son precisamente estos desafíos los que han llevado a los científicos a buscar nuevas opciones de tratamiento que reduzcan o sustituyan la cirugía y las inyecciones intraoculares. Dos de las principales líneas de investigación son los sistemas de liberación sostenida de fármacos, que disminuyen el número de inyecciones necesarias, y la superación de las limitaciones del uso de colirios como método de administración.
En cuanto a la primera línea, basta con mirar a MG Shell, una empresa que recientemente completó una campaña de financiación con Capital Cell para continuar desarrollando su nuevo tratamiento para la DMAE. Su innovador dispositivo de liberación controlada, i3D, reduce el número de inyecciones necesarias al intercalar el principio activo entre tres capas de magnesio, una sustancia natural e inocua que se degrada con el tiempo. A medida que se degrada, libera el fármaco en tres dosis distintas, de modo que solo es necesario administrar inyecciones cada tres meses, en lugar de mensualmente.

Nanotecnología a golpe de gota
Otro avance reciente en el tratamiento de la DMAE se centra en lograr que los colirios lleguen a donde deben llegar: la retina. Se ha desarrollado un nuevo vehículo de administración para la luteína, un carotenoide de origen vegetal conocido por sus beneficios para la salud ocular en general y en la prevención de enfermedades retinianas en particular.
El problema de la luteína es que es inestable y tiene baja biodisponibilidad oral, así que se intentó resolver esta limitación cargándola en una nanotecnología patentada (nanocubos lipídicos o cubosomes) que protege la luteína de la degradación y permite liberarla de manera controlada.
El resultado más relevante de este estudio preclínico en ratones fue que la formulación logró alcanzar la retina (hasta ahora accesible únicamente mediante inyecciones intraoculares) y se detectó en ella hasta 7 días después de la aplicación tópica en forma de colirio. Además, los estudios en cultivos celulares demostraron que la formulación era biocompatible con las células retinianas, las protegía del estrés y el daño que conducen a la pérdida de visión, y se mantenía estable a temperatura ambiente durante 90 días (un factor clave en un colirio).
Los investigadores subrayan que su trabajo sigue en fase preclínica, con pruebas en humanos aún pendientes, y que sus colirios no sustituirían a las inyecciones, sino que servirían para tratar las fases iniciales de la DMAE. Los experimentos se diseñaron para comprobar si el fármaco llegaba a la retina, pero todavía no si la formulación mejora la evolución de la enfermedad.
Aun así, el hecho de que los nanocubos lipídicos hayan logrado transportar un compuesto inestable hasta la retina y liberarlo con el tiempo, superando así una de las principales barreras del tratamiento con colirios, abre un enorme potencial. La plataforma de administración puede transportar distintos principios activos además de la luteína, lo que permite pensar en su aplicación en otras enfermedades de la retina.
¿Decir adiós a las gafas?
Y si eres de esos mayores de 40 a los que cada vez les cuesta más enfocar de cerca, pero aún no se resignan a ponerse gafas de lectura, no te preocupes. Ya existen dos colirios para corregir la presbicia en el mercado, y un tercero acaba de ser aprobado.
El principio activo de los dos disponibles (Vuity y Qlosi) es la pilocarpina, un agonista colinérgico que imita la acción del neurotransmisor acetilcolina. Funciona contrayendo la pupila, lo que facilita el enfoque en objetos cercanos.
El nuevo colirio aprobado, llamado Vizz, contiene otro agonista colinérgico, la aceclidina, que ya se había autorizado en los años 70 para tratar el glaucoma. Ofrece una mayor selectividad que los otros, lo que reduce los posibles efectos secundarios y prolonga la duración del efecto hasta 10 horas tras una sola dosis: más que suficiente para pasar la jornada laboral sin gafas.
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