Nada es tan omnipresente en la naturaleza como los virus, la forma de vida más abundante conocida. Y entre los miles que se han estudiado, dos de los más comunes son, sin duda, los virus del herpes y de la gripe.
Se estima que dos tercios de la población mundial está infectada con el virus del herpes oral (HSV-1), mientras que el “innombrable” herpes genital (HSV-2) afecta al menos una vez en la vida a más de 200 millones de personas. En cuanto a la gripe, se calcula que los casos estacionales alcanzan los miles de millones cada año.
Aunque los virus tienen muchas formas escurridizas de invadir el cuerpo y atacar las células, una de las vías más comunes es a través de la boca. Sorprendentemente (al menos lo ha sido para mí), la transmisión oral de virus es entre 1.000 y 100.000 veces más frecuente que la vía nasal.
Imagina que pudiéramos controlar la propagación y la gravedad de estas infecciones tan comunes directamente en su punto de entrada con algo tan simple como… ¿un chicle? Pues resulta que no es una idea tan descabellada como parece.

Cortando la transmisión en su origen
A pesar de que los profesionales de la salud cuentan con múltiples herramientas para combatir las enfermedades infecciosas, la eficacia de la vacuna contra la gripe frente a nuevas variantes sigue siendo limitada, no existen vacunas ni tratamientos aprobados para el herpes, y los brotes continúan produciéndose en un mundo cada vez más interconectado.
Reducir la carga viral en las principales vías de transmisión y en los puntos de entrada y salida del organismo es clave para frenar la propagación de enfermedades virales. La boca es un objetivo evidente, y diversos estudios han demostrado una correlación directa entre la carga viral en la cavidad oral y el riesgo de contagio.
Sin embargo, reducir la carga viral en la cavidad oral no es tan sencillo como podría parecer, ya que la mayoría de los tratamientos biológicos se administran por inyección. Ante esta limitación, un grupo de investigadores de centros en EE. UU. y Finlandia propuso un enfoque diferente: encapsular proteínas terapéuticas en células vegetales y añadirlas a un chicle.
La bioencapsulación en células vegetales resuelve muchos de los retos asociados a los tratamientos biológicos: elimina la necesidad de refrigeración, simplifica el transporte y la purificación, y reduce considerablemente los costes de producción. Además, al masticar se libera la proteína antiviral de forma constante, lo que supone una ventaja importante en su administración.
De la judía al cazavirus
El ingrediente activo del “chicle cazavirus” es una proteína natural llamada Flt3 Receptor Interacting Lectin (FRIL, por sus siglas en inglés), que se encuentra en la especie de judía Lablab purpureus (también conocida como la judía de Egipto) y que posee propiedades antivirales conocidas contra una amplia variedad de patógenos.
En concreto, partes de la proteína FRIL (los dominios de unión a carbohidratos, para los lectores científicos) se unen a N-glicanos y oligosacáridos complejos, estructuras presentes en la superficie de muchos virus, incluidos el coronavirus y los virus de la gripe. Se ha demostrado que FRIL neutraliza ambos virus en estudios in vitro.
El estudio actual se basa en investigaciones previas realizadas durante la pandemia de Covid, en las que se probó una formulación de chicle con otra proteína atrapavirus. Los resultados demostraron que podía reducir la carga viral oral del SARS-CoV-2 en un 95% en muestras de saliva o hisopos de pacientes con COVID-19, y para todas las variantes relevantes del virus.
Esto les permitió obtener la aprobación del medicamento en investigación (IND, por sus siglas en inglés) por parte de la FDA para un ensayo clínico de Fase I/II. Aunque el estudio nunca se completó, se utilizó la misma formulación e ingredientes, pero se reemplazó el polvo vegetal derivado de lechuga que funcionaba contra el SARS-CoV-2, por polvo de judía de Egipto.
Máquinas masticadoras y unidades de almacenamiento
En primer lugar, comprobaron la estabilidad del chicle durante más de dos años. La concentración de la proteína FRIL activa se mantuvo en un 95% tras 790 días de almacenamiento a temperatura ambiente, lo que demuestra su viabilidad para su uso en la vida real y su potencial para la producción comercial.
También realizaron pruebas para asegurarse de que el chicle no absorbiera humedad, un factor clave para prevenir el crecimiento bacteriano que podría contaminar el producto con el tiempo. Tras los 790 días, demostraron la ausencia de humedad y bacterias, lo que garantiza que el producto cumpla con los estándares de un fármaco de grado clínico para su presentación ante la FDA.
Lo más interesante del experimento fueron, sin duda, las pruebas de masticación con ART-5, un simulador que replica los movimientos humanos al masticar y envía los datos a un ordenador para su análisis. Con este dispositivo, demostraron que 15 minutos de masticación eran suficientes para liberar el 50% de la proteína FRIL, y que en 30 minutos se liberaba hasta un 80%.
Un hallazgo clave fue que 40 mg del chicle antiviral podían reducir las cargas virales en más del 95% tanto para el herpes como para la gripe in vitro, replicando los resultados obtenidos previamente para el SARS-CoV-2.

¿Cuál es el futuro de la humilde judía de Egipto?
Además de su claro potencial terapéutico, la judía de Egipto tiene otras características prometedoras: es un cultivo versátil conocido desde hace siglos en países africanos y asiáticos, utilizado para combatir la malnutrición debido a su alto valor nutricional. También se ha demostrado en varios modelos animales que el polvo de judía no presenta efectos secundarios negativos.
Con resultados tan prometedores y un nombre casi profético (Lablab purpureus), parece que será solo cuestión de tiempo antes de que busquemos un chicle de judía después de cada beso robado o resfriado inesperado.
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