“Escupir contra el viento te lo devuelve en la cara el doble de fuerte”.
Lou Reed
Cuando te compras una camiseta de 5 euros en el Bershka, el precio que pagas no incluye casi nada: ni las emisiones de carbono del envío, ni los ríos contaminados en países sin regulación medioambiental, ni los ínfimos salarios de los que la hicieron, ni los 3.000 trabajadores muertos durante la década de 2010 en incendios, accidentes o ejecuciones relacionadas con huelgas e intentos de sindicalización en la industria de la moda – y eso solo en Bangladesh.
El impacto no financiero y los costes que se generan pero que nadie paga se llaman “externalidades”. En este ejemplo, un análisis completo te diría que el precio de una camiseta básica de algodón debería rondar los 28 euros, si cosas como el medio ambiente o la dignidad humana no se trataran como recursos gratuitos. En otras palabras, esa camiseta es una ganga porque gran parte de su coste real lo asumen el planeta, los trabajadores y el resto de nosotros.
Pero seamos claros: que no lo paguemos hoy no significa que no vayamos a acabar pagándolo, y con creces, en un futuro – sea en forma de cambio climático, de conflicto social, o de mega-crisis económica.

En cambio, algunas inversiones hacen lo contrario: generan externalidades positivas que redundan en beneficios para los demás, y que revierten en ti incluso si no participas de ellas. La biotecnología es un excelente ejemplo: una nueva terapia contra el cáncer puede generar ingresos directamente, pero también produce una cornucopia de bienes públicos en forma de vidas más largas y saludables, cargas sanitarias reducidas y avances científicos que otros innovadores pueden aprovechar.
Como ejercicio, comparemos la biotecnología con algunas de nuestras inversiones cotidianas tradicionales más queridas, como los juegos de azar, los smartphones de usar y tirar o la destrucción sistemática de la selva tropical de Borneo.
La lotería como inversión: “perder es obligatorio”
Es lógico dudarlo: ¿comprar lotería es una inversión? Bueno, comprar un papel que da derecho a una ganancia futura en caso de que las cosas vayan bien suena a inversión, así que, sí, lo es, aunque sea profundamente irracional.
Los humanos, que no son tan inteligentes como creen, invirtieron 350 mil millones de dólares en lotería en 2024, más que su inversión combinada en investigar fusión nuclear (energía limpia ilimitada), biotecnología o agricultura neutra en carbono, por nombrar solo algunos campos que parecerían merecer más su atención. En promedio, cada europeo invierte una media de 8 euros al año… solo en la lotería de Navidad española (sí, por habitante de la UE, incluyendo eslovenos, finlandeses o belgas). Si sumamos todas las loterías, el gasto por europeo es de 196 euros al año.
En comparación, los europeos invierten 156 euros por persona y año en tecnologías innovadoras, así que… sí, gastamos más dinero en lotería que en innovación. Sorprendente, teniendo en cuenta que invertir en startups biotecnológicas ha estado dando rendimientos de la inversión (ROI) de aproximadamente 15-25% por año (con algunos años mejores y otros peores), mientras que las loterías tienen ROI negativos de alrededor del -35% … por ley. Sí, cada europeo pierde 69 euros cada año en una inversión con rentabilidad negativa obligatoria.
Y es inquietante que los que menos se lo pueden permitir sean justamente que más lo hacen: en USA, los que ganan menos de $ 13.000 por año dedican el 9% de sus ingresos a jugar a la lotería. Familias que apenas pueden pagar comida y alquiler pagan un impuesto ‘fantasma’ del 9% de sus escasos ingresos; así, no es de extrañar que los críticos llamen a la lotería un “impuesto a los pobres” – podría llamarse ‘un impuesto a los que no saben de matemáticas’.

Curiosamente, incluso si no juegas, sigues pagando sus repercusiones negativas. Los países de la UE gastan aproximadamente 35 mil millones de euros al año en el tratamiento de sus 2 millones de adictos, con Francia a la cabeza: alrededor del 1,4% de los adultos franceses son adictos al juego.
Y sí, las loterías alimentan con dinero al estado, pero la OCDE lo califica como “una de las formas menos eficientes de impuestos”. Mientras que los impuestos directos al consumo (IVA, por ejemplo) tienen un coste administrativo de aproximadamente 0,2 euros por euro (es lo que cuesta mantener esa maquinaria de recaudación de impuestos tan querida por todos: empleados de Hacienda, software, infraestructura, etc.), y el IRPF desperdicia hasta 0,4 por euro recaudado, las loterías cuestan 2-3 euros por euro recaudado por el estado. Así es, cada euro recaudado a través de la lotería en realidad consume dinero.
Así que… invertir en biotecnología puede ser arriesgado, pero al menos no obliga al resto de la sociedad a poner miles de millones de euros para limpiar sus desastres. O al menos, no muy a menudo.
Obsolescencia programada: “dos por el precio de uno por el coste de tres”
Renovar todo tu armario cada año o convertir tu cerebro en puré de patatas viendo vídeos de tiktok en un nuevo iPhone nunca ha sido más asequible: vivimos en la era de la abundancia, donde “comprar un nuevo [lo que sea]” es más fácil y barato que arreglar el viejo.
Y, sin embargo, algo no cuadra: parece que las cosas ya no duran tanto como solían. De media, los smartphones se reemplazan cada 3 años, y la vida útil de nuestra ropa se ha reducido en un tercio desde el año 2000 – mientras que, curiosamente, el refrigerador marrón de 1975 que tus padres dejaron en el garaje de la casa de la playa sigue refrescándote las cervezas sin protestar.

Algo huele a podrido en Dinamarca, como decía el bardo inmortal. Comparemos la lavadora modelo 2024 con su versión del año 2000:
- Es más barata. Entre 1977 y 2025 el precio medio de una lavadora bajó alrededor de un 60% (en relación con el poder adquisitivo); En otras palabras, con el dinero que tus padres gastaron en 1 lavadora ahora te compras 2
- Es más eficiente. La electricidad se ha vuelto un 20% más limpia, y las máquinas un 40% más eficientes energéticamente
- Dura la mitad. Un informe parlamentario del Reino Unido descubrió que las lavadoras duraban 16 años en 2000 y alrededor de 7 años en 2019, y una encuesta entre consumidores alemanes mostraba que el porcentaje de lavadoras reemplazadas en menos de 5 años se había duplicado entre 2004 y 2013.
Con todo, su menor eficiencia hace que operar un modelo 2000 durante 16 años sea más caro que comprar y operar 2 modelos consecutivos de 2024 (suponiendo que duren 8 años) considerando el precio de compra, el agua, la electricidad e incluso el CO2 adicional de traerlos de China dos veces. ¿Una clara victoria para el consumismo, pues?
No, porque, por supuesto, hay un segundo “pero”: el modelo 2024 dura la mitad porque se ha diseñado a propósito para romperse antes.
En realidad, las tecnologías modernas (como los motores BLDC o los sensores de carga electrónica) son más resistentes y baratas de producir, pero la máquina simplemente está diseñada para durar menos: paneles pegados en lugar de atornillados, por lo que no se pueden abrir para reparar; materiales más delgados para que sean propensos a romperse y dispositivos electrónicos mal aislados para que se estropeen más rápido.
Así, una lavadora moderna podría construirse fácilmente para durar 20 años; el coste sería un 40-50% más alto, pero operar una sola máquina de calidad durante 20 años, en lugar de dos máquinas diseñadas para romperse te ahorraría unos 300 euros en y varias toneladas de CO2. Pero los fabricantes lo evitan, y lo hacen adrede para aumentar sus ventas, sus beneficios, y el valor de sus acciones.
Efectivamente: hemos invertido miles de millones en tecnologías eficientes y energía limpia, solo para contrarrestarlas con una apuesta colectiva por productos con obsolescencia programada. Comprar cualquier aparato electrónico tiene un ROI negativo de entre el 8% (lavadora) y el 55% (teléfono inteligente), y además estamos produciendo más CO2 que antes. ¡Olé!
Así, nuestras enormes inversiones en investigación y desarrollo, financiadas por todos, acaban no sirviendo para nada… o casi. De hecho, financian enormes beneficios empresariales, y aceleran el calentamiento global, lo que seguramente es una buena noticia para aquellos de ustedes que viven en el norte de Siberia.
Si ese es usted: ¿cómo les va por el norte de Siberia? ¿Todo bien? Me alegro.
Comercio global: “es más barato si cruza un océano”
¿Sigues sin entender por qué una camiseta, que parece bastante sencilla de fabricar, puede ser más barata si se trae de Bangladesh, que está a 12.000 kilómetros de tu casa? La respuesta sigue siendo la misma: porque estás pagando una fracción del coste real de la camiseta de marras, por eso. Nuevamente, las externalidades son gratis.
El impacto medioambiental, por ejemplo, es gratis. Una estimación de la OCDE sugiere que alrededor del 40% del coste de los bienes en el comercio mundial son externalidades ambientales no pagadas, mientras que el transporte marítimo mundial representa aproximadamente el 3% de todas las emisiones de CO₂.

Otro gran “gratis” son los derechos humanos. Seguramente, tu intuición te dirá que intentar lanzar un movimiento por los derechos de los trabajadores en una maquila en México, o en un paraíso libre de impuestos en Filipinas, conlleva probabilidades significativamente más altas de ganarte un viaje en saco al fondo de un río que si lo hicieras en Lisboa o Dublín.
Por ejemplo, estudiemos esta transacción: un adolescente fumado de Madrid se hace traer un Big Mac de 7 € a través de Glovo. Un rápido análisis del Big Mac muestra que contiene elementos agrícolas de los 5 continentes (de más de 20 países), y que su cadena de suministro recorre más de 10.000 km antes de llegar al poco exigente paladar del cliente. El propio mensajero de Glovo tiene un 60% de posibilidades de no ser de origen local, y se estima que un 30% de ser un migrante irregular (así está la cosa, aparentemente).
Veamos cuál sería el coste real si los derechos laborales y los costes ambientales se facturaran al adolescente que come el Big Mac, en lugar de transmitirse a todos los demás:
- Si pagó por la deforestación que causó en algún lugar de Panamá o en Borneo,
- Si pagó por las emisiones de metano y CO2,
- Si los trabajadores de la cadena de suministro a lo largo de los 5 continentes estuvieran sindicalizados y tuvieran salarios decentes,
- Si los subcontratistas tenían acuerdos y márgenes razonables,
- Y si el repartidor fuera realmente un trabajador y no un “autónomo” sin cobertura de seguridad social
Si realmente se tienen en cuenta los costes reales (emisiones de carbono, salarios dignos, contratos laborales, etc.), ese Big Mac a domicilio costaría más bien 25 euros. Pero ni la app ni el restaurante están pagando esos euros extra; los paga el resto de la sociedad. Lo pagas tú, incluso si no te comiste el Big Mac (personalmente, pagaría 25 euros por no tener que comer un Big Mac, pero eso es otra historia).
Por supuesto, es posible que no hayas invertido en McDonalds Corp., ni en Glovo. Si lo hiciste, habrás ganado algo de dinero; si no, pues no. Sea cual sea tu caso, cada vez que alguien pide un Big Mac a domicilio, te quedas con tu parte de una factura de 18 euros.

Inmobiliaria: “capital sin creatividad”
No quiero volver a bucear en el tema (puedes leer https://capitalcell.com/en/the-real-estate-junkies/ para ver como me repito y/o me contradigo), pero aceptemos que invertir en especulación inmobiliaria es malo. A cambio de una rentabilidad anual del 4-8%, obtienes exclusión social, billones de euros (no ‘billions’ americanos, sino millones de millones) aparcados en activos improductivos, hiperturistificación global… la lista de externalidades negativas es larga cual día sin pan.

Centrémonos en una de ellas: los aumentos anuales de dos dígitos en los precios de la vivienda echan a la gente de sus ciudades. Por ejemplo, un estudio del Reino Unido de 2005 mostraba que profesiones como conductor de autobús, maestro o enfermero ya no podían pagarse un alquiler dentro de la ciudad de Londres con su salario.
¿Qué pasa entonces? Veámoslo con un ejemplo estereotípico: la experiencia de D., un barcelonés ficticio completamente inventado (sí, soy yo).
En 2007, a pesar de los estratosféricos aumentos del precio de la vivienda, D. decidió quedarse en su ciudad y comprarse un apartamento de 60 años en un tercer piso sin ascensor ni calefacción por el mísero precio de 312.000 euros (más 40.000 por una reforma con los materiales más baratos posible); se lo compró a un señor mayor que buscaba mudarse de Barcelona para llevar una vida más tranquila.
Mientras tanto, la mayoría de sus amigos también se mudaban a ciudades de los alrededores de Barcelona, movidos por razones más financieras: por la mitad del dinero que D. gastaba en un piso que parecía haber albergado a una banda de yonquis y/o una piara de cerdos salvajes durante tres décadas, ellos se compraban casas de obra nueva con jardín y piscina, un hecho al que se referían con frecuencia mientras comparaban la perspicacia financiera de D. con la de algunos simios primitivos.
Y, sin embargo, durante los últimos quince años, D. ha ido en bicicleta o caminando al trabajo y a la escuela de sus hijos, y no posee un automóvil desde 2011. Mientras tanto, sus amigos del extrarradio tienen 2 coches y están pensando en un tercero ahora que sus hijos se acercan a los 18 años. Tardan una hora en ir y volver del trabajo, y sus vidas dependen de la existencia y el mantenimiento de autopistas permanentemente embotelladas.
Comparándolo con D., ser expulsado de la ciudad por los precios de la vivienda costará a sus amigos unos 200.000 euros adicionales (compra y mantenimiento de automóviles, gasolina, peajes, etc.) y 9.000 horas adicionales en el coche. También costará a todos (D. incluido) unos 100.000 € en gasto social (sanidad relacionada con la contaminación, desgaste vial, gestión de la congestión…), y 110 toneladas adicionales de CO₂.
Así, esa rentabilidad anual del 4-5% de la inversión en especulación inmobiliaria acaba significando una factura tremendamente elevada para todo el mundo.
Para los jóvenes, la alternativa a mudarse al extrarradio y pasar el resto de sus vidas atrapados en la C-58 a la altura de Ripollet es poco halagüeña: vivir con los padres o destinar el 60% de su salario al alquiler, lo que no deja de ser una forma de esclavitud moderna. Esto ya está ocurriendo, y está creando una enorme desigualdad generacional; los jóvenes no pueden permitirse el lujo de acceder a la propiedad, o de pagar un alquiler decente, y la riqueza se concentra rápidamente en manos de los que ya tenían propiedades o dinero heredado, lo que exacerba la desigualdad.
Y, no lo olvidemos, la desigualdad engendra frustración, que engendra pérdida de productividad, que engendra crisis económica, que engendra ira, que engendra nazis en el gobierno. Luego no digáis que no se os ha avisado.
Biotecnología: “ganas incluso si pierdes”
Contrastemos esto con la inversión en investigación y desarrollo de nuevas tecnologías, como las renovables o la biotecnología.
Cuando el dinero fluye hacia una empresa de tecnología médica, incluso si el proyecto fracasa, al menos produce conocimiento, que se puede reutilizar (un ensayo fallido de medicamentos aún arroja datos). Esao es una externalidad positiva. También ayuda a crear empleos de calidad y una sociedad sólida basada en el conocimiento y el progreso. Eso también es una externalidad positiva. Y cuando tiene éxito, los beneficios son más tangibles: una sociedad más saludable, menores costes de atención médica, vidas productivas más largas, y beneficios financieros sólidos.

Un ejemplo: inviertes 1.000 euros en 10 startups biotecnológicas, todas ellas dedicadas al desarrollo de terapias con el objetivo de retrasar la aparición del Alzheimer en 5 años. 9 de ellas fracasarán, pero una, 8-10 años después, tendrá éxito (así es como funciona, más o menos). Financieramente, ganarías, en una estimación bastante razonable, unos 200,000 euros, una ganancia anual equivalente del 18-20%. Pero retrasar el Alzheimer, aunque solo fuera en 5 años, reduciría los costes anuales relacionados con la demencia en más de 500 mil millones de euros a nivel mundial, lo que le daría a la sociedad un ROI adicional fenomenal – que también te beneficiaría a tí en forma de una sociedad mejor, más saludable y feliz.
Piensa en esto la próxima vez que lleves a tu hijo al médico y le hagan una prueba de 10 minutos para determinar si su otitis es viral o bacteriana (en lugar de “esperar y ver” como solía hacerse). Podrás darle antibióticos de inmediato, y volver a la escuela dos días antes. El beneficio te lo llevas tú, incluso si ese test rápido vino por la inversión de otro (que, eso sí, se llevó las ganancias financieras).
Pero no es necesario ponerse enfermo para beneficiarse de la inversión en biomedicina: desde 2005, la supervivencia a 5 años en los principales cánceres ha aumentado entre un 15 y un 25 %, la mortalidad por infarto agudo de miocardio ha disminuido en un 40 %, las estancias hospitalarias post- cirugía se han reducido a la mitad, y las vacunas, pruebas rápidas y antivirales han reducido las hospitalizaciones en un 50 %. Incluso si no has invertido en tecnología de la salud, tus hospitales son un 30% más eficientes que hace veinte años, y tanto tu como los tuyos tenéis vidas más largas, mejor salud y un sistema de salud (tal vez) sostenible.
Te guste o no, cada euro que inviertes o gastas crea una externalidad. La verdadera pregunta es: ¿es un coste o un beneficio? La biomedicina, a pesar de todas sus incertidumbres y ensayos fallidos, sus millones de ratas y monos sacrificados, los beneficios obscenos de las grandes farmacéuticas, los errores médicos y la corrupción, e incluso si está pasando por una crisis de beneficios, siempre tiene externalidades netamente positivas: mejores empleos, avances científicos, mejor salud, costes sistémicos reducidos.
Invertir en biotecnología no es altruismo, ni caridad, ni es más arriesgado que cualquier otra cosa; es pensar en grande, es pensar que somos parte de un todo, y es pensar a largo plazo.
Piensa en grande, y acertarás.
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