De los hongos mágicos a los medicamentos milagrosos

Los psicodélicos han recorrido un largo camino desde los días hippies de los años 60, y en el trayecto han limpiado notablemente su reputación. Lo que antes se conocía solo por sus efectos alucinógenos, hoy se reconoce como una poderosa herramienta no solo contra trastornos psicológicos, sino también frente a enfermedades neurodegenerativas y el dolor.

De hecho, el uso de psicodélicos con fines espirituales y terapéuticos se remonta a milenios atrás, gracias a su capacidad para inducir estados alterados de consciencia. En su clasificación moderna se incluyen compuestos tan conocidos como el LSD (dietilamida del ácido lisérgico), el PCP (fenciclidina), el MDMA (éxtasis), la psilocibina o la ketamina.

Ya sean alucinógenos (alteran la percepción y el pensamiento), empatógenos (favorecen la conexión emocional y la apertura), oneirógenos (provocan estados de ensoñación lúcida) o disociativos (generan una sensación de separación del entorno o de uno mismo), todos comparten una característica común: transforman profundamente la forma en que percibimos los sentidos, el yo, el tiempo y el espacio. Hoy, ese poder se está canalizando para ayudar a sanar el cerebro.

Los psicodélicos se vuelven mainstream

Aunque su uso en prácticas religiosas y medicinales se remonta a miles de años, la medicina occidental empezó a interesarse por los psicodélicos tras el descubrimiento accidental del LSD en los años 40. A partir de ahí, en los 50 se vivió un auténtico auge de las terapias basadas en estas sustancias, especialmente con el recién descubierto LSD, hasta que el movimiento hippie de los 60 acabó dañando su reputación en los círculos científicos.

Su recuperación comenzó en los 90, y desde entonces su presencia en la investigación médica no ha hecho más que crecer. Aunque actualmente el único psicodélico aprobado por la FDA es la esketamina (comercializada como Spravato, en formato de espray nasal para la depresión resistente al tratamiento), hoy existen más de 70 ensayos clínicos en curso con LSD, 105 con MDMA (incluido uno para el tratamiento del narcisismo patológico) y más de 240 con psilocibina.

De todos ellos, la psilocibina es el compuesto más estudiado. Se trata de una sustancia natural producida por ciertos hongos alucinógenos, con indicaciones clínicas en psiquiatría que incluyen la ansiedad, la depresión, el trastorno por estrés postraumático (TEPT) y las adicciones. Además, junto con el LSD, también se ha investigado su potencial para tratar el dolor crónico, ya que puede modificar la percepción del dolor mediante su acción sobre los receptores de serotonina y el remodelado sináptico, además de ejercer efectos antiinflamatorios.

Una tendencia más reciente y prometedora es su paso del campo de la psiquiatría al de la neurología. Actualmente, se están estudiando los posibles efectos beneficiosos de los psicodélicos en enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Los psicodélicos clásicos estimulan ciertas vías de señalización cerebral que se atrofian durante la enfermedad y favorecen tanto la neurogénesis como la neuroplasticidad, procesos clave que podrían ayudar a frenar la neurodegeneración.

Desafíos clínicos poco habituales

Naturalmente, el potente efecto psicoactivo de estas sustancias, su potencial uso recreativo y de abuso, y el riesgo de efectos secundarios hacen que el desarrollo de psicodélicos con fines terapéuticos sea un auténtico quebradero de cabeza regulatorio, además de plantear retos clínicos muy particulares.

El MDMA, por ejemplo, ha mostrado resultados prometedores en el tratamiento de trastornos psiquiátricos (especialmente el TEPT) gracias a su efecto empatógeno (el mismo que lo convirtió en la droga estrella de las fiestas en los años 80). Sin embargo, también puede provocar efectos adversos importantes, como taquicardia, hipertensión, y daños hepáticos o neurológicos.

Un ejemplo reciente es el de Lycos Therapeutics, cuya solicitud de aprobación ante la FDA para una terapia asistida con MDMA en adultos con TEPT fue rechazada, a pesar de los buenos resultados en ensayos clínicos de fase 3. Los reguladores alegaron varias preocupaciones, pero una de las principales fue que los beneficios no compensaban los riesgos.

Esta situación ha impulsado el desarrollo de variantes de MDMA que mantengan sus efectos terapéuticos positivos, pero con menos efectos secundarios. Un estudio publicado en 2024 en Neurochemistry identificó cuatro variantes de MDMA que actúan sobre los mismos receptores cerebrales (serotonina, dopamina y noradrenalina), pero generan menos metabolitos tóxicos durante su degradación en el organismo.

Otro desafío de las terapias psicodélicas es la duración del “viaje”: sus efectos pueden prolongarse durante varias horas, lo que obliga a que el paciente esté bajo supervisión constante y reciba apoyo psicológico antes, durante y después de la sesión. Los tratamientos con psilocibina, por ejemplo, duran entre 6 y 8 horas, una jornada completa para el terapeuta que los supervisa.

Para afrontar este problema, la empresa Gilgamesh Pharmaceuticals ha desarrollado un antidepresivo psicodélico de nueva generación llamado bretisilocina, cuyos efectos duran solo entre 60 y 90 minutos. En un reciente ensayo clínico de fase 2a, el 94% de los pacientes alcanzó la remisión tras un mes de tratamiento, con solo efectos secundarios leves. El éxito ha sido tal que AbbVie anunció hace poco su adquisición por 1.200 millones de dólares.

Es importante destacar un último obstáculo metodológico: en los ensayos clínicos con placebo, los efectos conductuales de los psicodélicos hacen prácticamente imposible mantener el doble ciego, ya que tanto médicos como pacientes pueden intuir quién ha recibido la sustancia activa. Para mitigar este problema, algunos investigadores están reduciendo las dosis hasta niveles en los que los efectos perceptibles desaparecen, como se hizo precisamente en los ensayos de Gilgamesh con la bretisilocina.

¿Lograr estados psicodélicos sin el consumo de drogas?

Y luego está el enfoque más “esotérico”: conseguir el mismo efecto sin necesidad de sustancias. Una publicación reciente describe cómo una técnica conocida como high ventilation breathwork (HBV), combinada con música, puede inducir estados alterados de conciencia similares a los provocados por los psicodélicos, y que se cree son esenciales para su efecto terapéutico.

El HBV consiste en aumentar la frecuencia o la profundidad de la respiración, provocando cambios profundos en el flujo sanguíneo hacia las zonas del cerebro responsables de la interocepción respiratoria (la manera en que el cerebro procesa las señales internas relacionadas con la respiración) y del procesamiento de los recuerdos emocionales. Esto puede desencadenar experiencias subjetivas intensas que incluyen euforia y una sensación de unidad con el universo.

En el estudio, los participantes realizaron un ejercicio de respiración cíclica continua durante 30 minutos, acompañado de “música progresivamente evocadora”. Se les pidió que describieran sus sensaciones antes y después de la sesión mediante cuestionarios, además de ser monitorizados por resonancia magnética y electrocardiograma.

Los resultados mostraron que tanto la naturaleza como la intensidad de las experiencias subjetivas eran comparables a las de los pacientes que reciben terapias con psicodélicos. Y, curiosamente, las alteraciones del flujo sanguíneo observadas afectaban a las mismas regiones cerebrales activadas durante estos tratamientos.

Dicho esto, ¿soy la única que piensa que tomar setas con tu terapeuta suena como una opción mucho menos agotadora (y bastante más divertida) que hiperventilar durante media hora?

Más allá del cerebro: el vínculo con la longevidad

Hay un aspecto fascinante del uso de los psicodélicos que apenas empieza a explorarse. Diversos estudios han demostrado que los estados psicológicos negativos (como la depresión, el estrés o la ansiedad) aceleran el acortamiento de los telómeros, lo que en la práctica nos hace envejecer más rápido. En cambio, los estados mentales positivos se asocian con telómeros más largos. Esto plantea preguntas interesantes: ¿cómo afectan los psicodélicos al envejecimiento celular? ¿Podría su eficacia frente a los trastornos psiquiátricos estar relacionada con este efecto sobre los telómeros?

Un estudio publicado en julio de este año fue el primero en demostrar experimentalmente el impacto directo de la psilocibina sobre el envejecimiento biológico. En concreto, los investigadores mostraron que la psilocina (el metabolito activo que se genera cuando la psilocibina se descompone en el organismo) prolonga la vida útil de las células humanas y aumenta la longevidad en ratones envejecidos.

Lo hace modulando un proceso llamado senescencia replicativa. Cada vez que una célula se divide, los telómeros (esas “capuchas” protectoras de los extremos del ADN) se acortan un poco. Cuando se acortan demasiado, las células dejan de dividirse y entran en un estado de senescencia, lo que contribuye al envejecimiento y a las enfermedades asociadas con la edad.

En la primera parte del estudio, se trataron células de fibroblastos pulmonares humanos con psilocina in vitro, observando su efecto sobre la longevidad celular, medida por el número de veces que la población celular se duplicaba y el tiempo que tardaba en hacerlo. Los resultados mostraron un aumento dependiente de la dosis en la vida celular de hasta un 57%, efecto que se confirmó al repetir el experimento con fibroblastos cutáneos de adultos.

Además, las células tratadas presentaron menos daño en el ADN, menor estrés oxidativo y conservaron mejor la longitud de sus telómeros frente al grupo de control. Todo ello sugiere que la psilocina actúa sobre las rutas de señalización del envejecimiento celular, retrasando la aparición de la senescencia.

En los experimentos in vivo, realizados con ratones hembra envejecidas (en el mundo de los ratones esto son 19 meses, equivalente a unos 60–65 años humanos), los pequeños roedores recibieron psilocibina una vez al mes durante 10 meses. El 80% de los animales tratados sobrevivieron hasta los 28 meses, frente al 50% del grupo control, y además mantuvieron un pelaje joven hasta sus últimos días (aunque eso, admitámoslo, fue difícil de cuantificar).

Como extra, algunas perdieron peso (aunque sin significación estadística, y probablemente sin mucha preocupación por su parte) y, de paso, disfrutaron de diez sesiones de viaje psicodélico cortesía del laboratorio (el temblor de cabeza es un indicador clásico de que “están alucinando”). Nada mal para pasar la vejez, ¿no crees?