“El mal podría tolerarlo, pero la estupidez…”
Profesor Hubert Farnsworth
El presidente de Estados Unidos acaba de anunciar que las madres embarazadas que toman paracetamol (Tylenol) pueden causar autismo a sus bebés, un dictamen con un rigor científico completamente nulo.

Y, sin embargo, que el mandatario del país más avanzado del mundo suelte semejante perla probablemente ya no te sorprenda. Al fin y al cabo, es Donald Trump: o es un necio, o finge serlo.
Por supuesto, esto sólo es una opinión (lo cual no significa que sea errónea). Se podría argumentar que ha logrado el trabajo de hombre más poderoso del planeta por algún motivo. Que su estupidez sólo es una astuta fachada para distraernos, para ganarse el favor de un segmento de la población ya harto de no entender el mundo, y, en el fondo, es más listo que nadie.
No hay duda de que presidentes, premios Nobel o multimillonarios son gente de extraordinarias capacidades. Pero ¿nuestros poderosos respetan siempre la razón y la ciencia? Y si no, ¿es importante? La pregunta es relevante, ya que, a diferencia de nuestros antepasados medievales, hoy podemos elegir quién nos gobierna; podríamos optar por escoger a gente empática, abanderados de la verdad, la justicia y el bien común.
Podríamos. Entonces… ¿cómo explicamos estas historias?
“Un país renuncia a la genética”
En agosto de 1948, una asamblea universal de la Academia de Ciencias Agrícolas de la URSS entronizó la doctrina de Trofim Lysenko como “la única teoría correcta”. Curioso, porque Lysenko sostenía que los genes eran “una invención burguesa” y que las plantas podían entrenarse para convertirse en otra especie.
En esencia, vendía una versión recauchutada del lamarckismo (1801): “la jirafa estira el cuello para alcanzar más alto… su hijo nacerá con el cuello más largo”. Es decir, rechazo simultáneo de Darwin y Mendel… en 1948, a cinco años de que Watson-Crick-Franklin describieran la doble hélice del ADN.
Stalin compró el cuento: con unos cuantos trucos (vernalización de semillas, entrenamiento de cosechas…) reflotaríamos la agricultura soviética y llegarían cosechas milagrosas de “trigos nuevos”, impulsando al paraíso del proletariado hacia cotas de progreso y felicidad sin parangón. El presidente de la Academia, Nikolái Vavílov, protestó, y se llevó como premio una celda en la cárcel de Saratov, donde murió de inanición. Lysenko le sucedió, la genética quedó proscrita en la URSS, y más de 3.000 científicos fueron despedidos, encarcelados o ejecutados.

Pero, a pesar de los denodados esfuerzos de miles de científicos ideológicamente puros, la naturaleza no pareció darse por aludida. Las semillas “bañadas en frío” no reescribieron la herencia genética, las leyes mendelianas siguieron a lo suyo, y la agricultura soviética se estancó. Sin ciencia aplicada (genética, fitopatología…), la productividad no pudo despegar, y aunque esta no fue la única causa del fracaso de la agricultura soviética, sí fue un gol en propia meta histórico.
Con la muerte de Stalin (1953), discutir el lysenkoísmo dejo de ser tabú, y los científicos pudieron empezar a mostrar otras opiniones (lo que no quiere decir que no acabases barriendo nieve en Siberia). En realidad, la ciencia rusa no se recuperó del todo de este viaje al corazón de las tinieblas de la estupidez hasta la década de los 80.
“Un gobierno niega el VIH”
A finales de los 90 y principios de los 2000, el presidente sudafricano Thabo Mbeki abrazó la idea de que el VIH no causaba el sida, achacándolo a la pobreza y malnutrición en una mezcla tóxica de ignorancia científica y correlaciones espurias.
* Correlación espuria: cuando dos cosas parecen relacionadas, pero no lo están, o su relación no es de causa-efecto, como en este ejemplo:

En 2000, Mbeki convocó un panel presidencial que mezclaba a negacionistas del VIH (como Peter Duesberg) con científicos ortodoxos… y todos recibían el mismo trato y respeto. El mensaje era claro: los charlatanes merecían la misma atención que los científicos. Luego, el presidente empezó a repetir argumentos negacionistas en público, y finalmente, en la Conferencia Internacional del Sida (Durban, 2000) —delante de las cámaras de medio mundo — afirmó que el sida era una inmunodeficiencia por pobreza, no por un virus, y advirtió contra los “tóxicos” fármacos occidentales.
Todo el mundo tiene derecho a una opinión, claro (lo que no quiere decir que todas sean válidas). El problema llegó cuando esas opiniones se convirtieron en una política nacional: el gobierno retrasó la llegada de los medicamentos antirretrovirales y, en su lugar, se promocionaron vitaminas, ajo, limón, remolacha. El resultado fue una catástrofe sanitaria que investigadores de Harvard estimaron en más de 330.000 muertes evitables, y unos 35.000 bebés nacidos con SIDA que podrían haber sido protegidos.
Sería lícito pensar (como en el caso de Trump) que tras la fachada de estulticia y superstición el presidente de Sudáfrica ocultaba alguna lógica de tipo económico – ¿quizá un mecanismo de negociación con las grandes farmas? Pero en 2000 el fármaco nevirapina (prevención de transmisión materno-infantil) se les ofreció gratis… y el gobierno lo restringió a proyectos piloto durante años.
Y así, mientras países vecinos como Botswana desplegaban los tratamientos antirretrovirales y reducían la mortalidad, Sudáfrica se quedó atrás, y sus ciudadanos murieron como moscas.
“Un presidente habla con un perro muerto”
Mayo de 1988: el mundo descubre que el presidente de Estados Unidos y su esposa consultaban casi cada decisión con su astróloga.
Joan Quigley (una Aries) llevaba siete años a sueldo de Ronald Reagan (un Acuario). Su horóscopo decidía viajes, debates, despegues y aterrizajes del Air Force One, debates parlamentarios, etc. Bloques enteros de calendario quedaban marcados como “muy malo”, “sin viajes”, “quédate en casa”. Quigley presume incluso de haber elegido la sede de una cumbre con Gorbachev (un Piscis): Washington era “astrológicamente mediocre”, mientras que Rejkyavik era “fantástico”. La cumbre fue en Rejkyavik.

Mientras tanto, en París… François Mitterrand (un Escorpio) quizá era un personaje más sobrio que el ex-actor de Hollywood Ronald Reagan, pero compartía su necesidad de leer las estrellas para gobernar. Durante años consultó con la astróloga Élisabeth Teissier (una Capricornio) antes de decisiones serias: cuándo empezar la Primera Guerra del Golfo, la fecha del referéndum de Maastricht… Teissier le preparó incluso la carta astral de Saddam Hussein (un Tauro) para así ayudarle a decidir la mejor manera de pulverizar Iraq.
Incluso el primer ministro más longevo de Canadá, el respetadísimo arquitecto del Estado del Bienestar canadiense William Lyon Mackenzie King (un Sagitario), era un incondicional del de espiritismo. Sus diarios revelan consultas a médiums para hablar con sus padres Isabel y John (Acuario y Virgo respectivamente), con el fallecido presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt (otro Acuario), con Leonardo da Vinci (un Aries), el histórico primer ministro Wilfrid Laurier (un Escorpio), e incluso con su primer perro, Pat el terrier (un Géminis).
“Una agencia pública investiga la oración”
Tras atiborrarse de píldoras de polen de abeja, el senador Tom Harkin quedó convencido de que le habían curado su rinitis alérgica crónica. “Es lo más raro que me ha pasado”, dijo a la prensa. Entusiasmado, logró que el Congreso aprobara la creación de la Office of Alternative Medicine (OAM) para “apoyar la investigación de prácticas alternativas y complementarias con métodos científicos”.
La OAM fue rebautizada NCCAM en 1998, y NCCIH en 2014. El nombre cambió, los objetivos siguieron siendo los mismos, y los presupuestos aumentaron de unos pocos millones a cifras de nueve dígitos anuales. Para 2009 ya había quemado unos 2.500 millones de dólares, sin un solo milagro que reseñar. Hoy, el NCCIH consume 170 millones de dólares al año.
Para sorpresa de nadie, los ensayos clínico controlados no validaron ninguna de las terapias alternativas propuestas. Y eso que algunas eran realmente espectaculares:
- “Biofield/energy healing”: Reiki, Healing Touch, efectos de amatistas, “sanación a distancia”, cámaras Kirlian, etc.
- Un estudio sobre el la curación mediante oración (a corta y a larga distancia) en pacientes con glioblastoma.
- Aromaterapia para cicatrización de heridas (inhalaciones de lavanda/limón).
- Enemas de café para cáncer de páncreas.
- Imanes para tratar la artritis, túnel carpiano y migraña.

En febrero de 2009, Harkin confesó en el Senado: “Uno de los propósitos de este centro era investigar y validar enfoques alternativos. Francamente, ha fallado… se ha centrado en refutar cosas en vez de aprobarlas”.
Se podría pensar que el proyecto era colosalmente inútil desde el principio, y que hasta el terrier Pat habría podido prever el desenlace – aunque esto también es una opinión (lo que no quiere decir que algunas opiniones no sean una verdad como un templo).
“Un Nobel se desmadra”
Linus Pauling no era simplemente “una persona inteligente”; era la única persona que ha ganado dos premios Nobel en solitario. A finales de los 60 y principios de los 70 se convenció de que las megadosis de vitamina C podían prevenir resfriados, curar el cáncer y arreglar básicamente casi cualquier cosa. Él mismo tomaba 3.000 mg/día (el equivalente a unas 80 mandarinas).

Aseguró que pacientes oncológicos terminales vivían más con vitamina C; en 1970 publicó Vitamin C and the Common Cold, y los americanos enloquecieron: al cabo de un año, las ventas de vitaminas se multiplicaban por diez y, a mediados de los 70, 50 millones de estadounidenses tomaban suplementos vitamínicos. Si una persona tan lista como Linus Pauling lo decía, ¡sería verdad!
Por desgracia, no. El cuerpo no es capaz de absorber tanta vitamina C por vía oral: el exceso simplemente se elimina por la orina. Sus resultados se debían, básicamente, a que había “cocinado” los estudios clínicos: no aleatorizados, sin doble ciego, y excluyendo de la estadística muertes inoportunas. Así, Pauling vio relaciones causa-efecto que no existían… ¡y volvemos con las correlaciones espurias!

A finales de los 70 y los 80, ensayos clínicos controlados —ciencia de verdad— lo desmontaron todo. La Clínica Mayo probó la vitamina C oral en cáncer avanzado, y ésta se comportó igual que el placebo. Investigaciones posteriores confirmaron que la vitamina C no previene el cáncer ni los resfriados. Las sociedades médicas lo descartaron e, irónicamente, Pauling murió de cáncer en 1994 (su esposa también, años antes).
Otro nobel, el francés Luc Montagnier, (polémico codescubridor del VIH), llegó a sostener que el ADN emite señales electromagnéticas que imprimen su huella en el agua y que esa “memoria” le permitiría reconstruir la molécula original, en un bizarro cóctel de telequinesis y homeopatía. Añadió que trastornos como Alzhéimer, Párkinson o autismo se debían a esas “ondas” emitidas por el ADN.
Si bien las teorías de Montagnier no son particularmente más bizarras que otras cosas que sí ocurren en biología (o en física cuántica), nadie fue capaz de reproducir sus resultados.
¿Era verdad? ¿Mentira? Bueno, todo el mundo tiene derecho a su opinión (lo que no significa que algunas no sean un disparate).
“Un rey malgasta tu dinero”
Que una familia real despilfarre dinero público puede parecerte extraño, o quizá no – cada uno tendrá su opinión (lo que no quiere decir que algunas opiniones no sean supersticiones medievales mal recicladas). Pero esta fue sonada.
Durante décadas, el rey de Inglaterra Carlos III (por entonces Príncipe de Gales) presionó al gobierno del Reino Unido para apadrinar la homeopatía, esos remedios ultra-diluidos frontalmente refutados por la ciencia. Por ley, la Casa Real no puede influir en política, pero a Carlos simplemente “le preocupaban demasiado” sus súbditos. En una serie de cartas bautizadas “black spider letters” (por su caligrafía), Carlos presionó para que la NHS financiara la homeopatía, pese a las protestas de la comunidad científica.
De hecho, y en parte gracias al apoyo del rey Jorge VI, la NHS contaba con hospitales homeopáticos y recetas públicas desde 1948 (sí, el mismo año en que la URSS prohibió la genética). Ya en los 2000, cuando la evidencia de su futilidad amenazó con cortar la financiación de terapias no probadas, Carlos trató de blindar su querida homeopatía.

Su actividad constante de “lobby” llegó a financiar ensayos clínicos homeopáticos a costa del contribuyente y —según se denunció— su presión y la de sus organizaciones asociadas llegó a silenciar informes oficiales que denunciaban “esa pseudociencia”. Sus discursos calaban entre todo un segmento de la población que desconfíaba (y sigue haciéndolo) de las grandes farmacéuticas, con consignas de “medicina complementaria” y “tratar a la persona entera” (curiosamente, el mismo eslogan del NCCIH. Sí, los de “rezar para curar tumores cerebrales”).
Pero no había mucha vuelta de hoja. Tras más de 60 años de tolerarla, en 2010 el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes declaró la homeopatía “científicamente inverosímil” y criticó su financiación. En 2017, la NHS anunció que dejaría de pagar recetas homeopáticas: “en el mejor de los casos, un placebo y un mal uso de fondos”.
“Deja de llamarlo opinión”
“Hemos tenido una serie de malversadores, impostores, mentirosos y lunáticos tomando una serie de decisiones catastróficas.”
Alan Moore
La ciencia no es una opinión. Lo sabemos, y en la sociedad más culta de la historia está claro que si toleramos el gobierno de la ignorancia no es porque seamos ignorantes – una excusa perfectamente que era válida en la Europa medieval – sino, más probablemente, porque estamos saturados.
Con información infinita las 24 horas, se diría que hemos desarrollado un déficit de atención colectivo que nos impide denunciar incluso las mentiras más obvias. Decir “bueno, es su opinión” sale más barato que hacer el esfuerzo intelectual de buscar la verdad, lo que implicaría pensar en algo durante más de dos minutos y, peor aún, tomar una posición.
Sí: algunas opiniones son mejores que otras. Algunas ideas son más complejas, más profundas, más sólidas. Hay quien se ha esforzado durante años para poder formular conceptos científicos (o artísticos) que nos acercan a descubrir las verdades de la existencia, y que nos permiten organizar mejor nuestra sociedad. Y no es que no se equivoquen: errores de bulto como la Talidomida, o casos de corrupción como la epidemia de opiáceos, revelan que la ciencia y la industria médicas están lejos de ser perfectas. Pero, como regla general, podemos dar por sentado que los desmanes de la ciencia no los suelen revelar presidentes o príncipes, sino más bien el trabajo incansable de las instituciones y personas que se dedican a ello.
Dediquemos nuestra atención a esa gente, entonces. Y, sobre todo, dejemos de tolerar a los que se pasan milenios de ciencia y cultura por el arco del triunfo, simplemente porque no nos atrevemos a defender el rigor intelectual, la curiosidad, y la búsqueda de la verdad. ¿Tiene sentido?
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