“Dirán lo que quieran de Trump y Musk, pero son multimillonarios, así que algo habrán hecho bien“.
¿Cuántas veces has escuchado eso últimamente? Que los ricos son ricos porque son más válidos que los demás se ha asentado como una convención social aceptada.
Pero, ¿sabes quién es, en realidad, extremadamente inteligente y capaz? Mi mujer. Sabe hacer algo realmente increíble: no es invertir a corto, no es compraventa de pisos, sino crear vidas humanas – es embrióloga en una clínica de reproducción. En 25 años de trabajo ha ayudado a tener hijos a miles (literalmente) de personas.
Por eso, cada vez que escucho a alguien decir que tal o cual millonario debe ser la cumbre del ingenio humano, me digo a mí mismo que el millonario en cuestión puede dar gracias de que ella sea uno de los nuestros: un ser humano empático y dedicado a hacer lo mejor para todos.
Porque si mi mujer fuera una despiadada máquina de hacer dinero, con su cerebro, se habría comido con patatas a cualquier broker, criptobro, especulador inmobiliario o aspirante a Elon Musk, y viviríamos en una mansión con jirafas en el jardín y un garaje lleno de Lamborghinis ordenados por color de tapicería. Pero no: ha elegido usar su inteligencia para hacer mejor la vida de todos (la suya también, claro).
Esto empezó en los 1980
Aceptemos, entonces, en que hay una distinción entre ser inteligencia y ser despiadado, y que esta distinción ha estado clara durante mucho tiempo – excepto antes de la Revolución Francesa y después de la década de 1980.
Sí, los 80, cuando las economías occidentales pasaron de un modelo industrial basado en salarios a la financiarización total de la economía y a la acumulación creciente de capital. La llamada “Greed Revolution” (“Revolución de la Avaricia”) reconfiguró por completo los valores de una sociedad que pasó de admirar a médicos y astronautas a idolatrar a cualquiera que ganara cantidades obscenas de dinero.
Esta transición vino acompañada de la desregulación de los mercados financieros y los “paracaídas” sociales; en los EE.UU., Ronald Reagan recortó las tasas impositivas máximas del 70% al 28%, y Maggie Thatcher, tras aplastar el movimiento sindical, vendió la friolera de 160.000 millones de libras (en dinero de hoy) de activos públicos, privatizando el 63% de los puestos de trabajo en empresas públicas del Reino Unido.
Lo que siguió fue una espiral de desigualdad que ya dura cuatro décadas: hoy, en Estados Unidos, el 0,1% de la población es más rico que el 90% más pobre sumado.

No debe sorprendernos, pues, que la sociedad pasara a admirar a estos nuevos y audaces adalides de la codicia extrema, creyendo que era su inteligencia y habilidad lo que les hacía ricos. Los que diseñaban moléculas para salvar vidas se volvieron invisibles, mientras que los que se hacían de oro a toda costa se convirtieron en leyendas: bienvenidos al auge de los Tiburones de Wall Street.
Ivan Boesky, Michael Milken o la gente de Enron se convirtieron en iconos culturales para toda una generación, a pesar de que, con claridad meridiana, hacían poco más que saquear la economía real, la de la gente que trabaja.
Tomemos un ejemplo: Carl Icahn. En 1985, Icahn lanzó una adquisición hostil de Trans World Airlines (TWA) pidiendo créditos como un poseso, adquiriendo una mayoría de la empresa, pasándole la deuda y liquidando sistemáticamente sus activos (rutas, aviones, terminales) para pagar la deuda. Estas prácticas suicidas causaron la destrucción de más de 35.000 puestos de trabajo, e hicieron que se evaporaran las pensiones de más de126.000 familias.
Icahn se embolsó más de 460 millones de dólares y dejó a TWA con una deuda irrecuperable de 500 millones de dólares que la llevó a la bancarrota en 1992. Contradictorio, pues, que fuera galardonado con el prestigioso Premio Golden Plate de la American Academy of Achievement, y que la revista Time elogiara repetidamente sus extraordinarias habilidades comerciales.
Curiosamente, la contracultura reflejó ese peculiar cambio de valores: el movimiento Punk también convirtió el comportamiento aberrante y provocativo en algo culturalmente aceptado; de hecho, por eso tu hijo lleva un piercing en la ceja

* 30 años más tarde, Icahn vería la luz, y a partir del 2000-2010 donó cientos de millones al hospital Mount Sinai y a la Universidad de Princeton; además, creó escuelas en el Bronx y fundó refugios para madres sin hogar. En 2010 firmó el Giving Pledge, comprometiéndose a donar, en vida, la mayor parte de su fortuna (estimada en unos 20.000 millones de dólares), aunque a sus 89 años sigue sin haber encontrado el momento de hacerlo.
La ilusión del mérito
A pesar de las leyendas de “self-made-men” y genios empresariales que surgieron en los ochenta (no solo los piratas de Wall Street, sino también los Steve Jobs, Bill Gates, etc.), la realidad es que el dinero, mayoritariamente, se hereda. El porcentaje de la riqueza mundial que se hereda ya ha retrocedido a sus niveles de 1910, y 9 de las 20 personas más ricas del mundo han heredado todo su dinero o empezaron siendo muy ricos y ampliaron luego su fortuna.

No debe sorprendernos, dado que una industria financiera desregulada, adicta al lobby y extremadamente sofisticada hace que ganar dinero con dinero sea más fácil que nunca. Vivir de renta no había sido tan fácil y rentable desde que los sindicatos y los movimientos por los derechos de los trabajadores acabaron con los monopolios y las semanas de 70 horas allá por los albores del siglo XX.
En cierto modo, los 80 y la caída del bloque soviético pusieron fin a la lucha de clases con una victoria por KO técnico para los capitalistas, y empezaron a deshacer muchas valiosas conquistas de los movimientos socialistas (al menos las relativas a la distribución de la riqueza).
Y esto está acelerando: entre 2020 y 2023, en las 31 primeras economías del mundo, los dividendos crecieron 14 veces más rápido que los salarios, y el % del PIB mundial procedente de rendimientos del capital (no del trabajo) alcanzó el 31%, un retorno completo a los niveles del siglo XIX.
Por ejemplo: si compraste un apartamento en Madrid en 1995, has ganado, sin hacer nada, el mismo dinero que un investigador de cáncer en diez años de trabajo. De hecho, si vives en Madrid, todas las actividades de capital extractivo combinadas (alquiler, energía, inflación, transporte) se han llevado, de facto, todo el crecimiento de tu salario de los últimos diez años, e incluso un poquito más: en realidad eres 1.500 euros al año más pobre que en 2015.
Los datos asustan: desde 2015, los 40 millones de personas de habitantes de las capitales europeas han tenido un aumento global de salarios de unos 2 billones de euros, de los cuales 1,5 billones han sido devorados directamente por el aumentos de los alquileres. Otros 432.000 millones han sufragado aumentos del precio de agua, electricidad y gas, y otros 200.000 millones han ido a pagar aumentos de precios de banca, telecomunicaciones y transporte. Con todo, más del 100% del valor generado por el trabajo de 40 millones de europeos altamente educados durante 10 años se ha trasvasado íntegramente a los bolsillos de los que controlan las necesidades sociales básicas.
Como consecuencia, en comparación con 2015, un 40% más del salario que paga una empresa parisina a sus empleados se va directamente a los bolsillos de los propietarios inmobiliarios ( en Barcelona es el 60%, y el 100% en Dublín). Las empresas y los trabajadores pierden riqueza, los propietarios ganan más. Esto suena completamente ilógico – a menos que poseas treinta y cinco pisos en el centro de Lyon, claro.
El dinero engendra poder
Quien vive de renta tiende a protegerse a sí mismo en lugar de hacer progresar a los demás; así, cuando las grandes fortunas vienen principalmente del control de activos (pisos, energía, transporte, señoríos feudales, etc…) su incentivo es presionar para tener legislaciones favorables que protejan su posición (exenciones fiscales, reducción de derechos laborales, tasas de interés bajas, derecho de pernada, etc…).
Así, la maquinaria financiera que concentra la riqueza también concentra poder, y lo utiliza para defender sus intereses. Un síntoma claro (y clásico) de esto es la proliferación de las “políticas de amiguetes”: a medida que las élites ignoran el bien común y se centran cada vez más abiertamente en enriquecerse, se ven obligadas a elegir lealtad en lugar de competencia, poniendo cada vez a más coleguillas en puestos clave.

Pero el problema de los coleguillas es que generalmente no saben (ni les importa) hacer llegar los trenes a tiempo, como digitalizar una agencia gubernamental, o como mantener en funcionamiento la red eléctrica. Catástrofes recientes como la DANA en España, los apagones masivos en Italia y España, o las inundaciones en Texas son ejemplos derivados directamente de recortes arbitrarios de servicios públicos o de privatizaciones a calzón quitado, y son trágicos casos de estudio de lo que pasa cuando pones a tus cómplices a cargo de infraestructuras complejas.
En conclusión, la glorificación cultural que comenzó en los ’80, combinada con 40 años de desregulación, y con el aumento de las tensiones generadas por desigualdades extremas y gobiernos incompetentes están dando paso a un fenómeno que conocemos muy bien – uno que tuvo su ciclo completo (con consecuencias catastróficas) en la década de 1930: el ascenso de las Cigarras.
La Cigarra es ascendida a Presidente de la Reserva Alimentaria
Conoces la historia de la Cigarra y la Hormiga, ¿no?
Durante todo el verano, la hormiga buscó comida y la almacenó en previsión del duro invierno, mientras la cigarra comía hasta hartarse de lo que pillaba por el bosque, y pasaba sus días tocando la guitarra y mirando las carreras de motos con sus amigos. La hormiga advirtió a su amiga de que el invierno se acercaba, pero la cigarra le respondió que era una pesada y que a ver si aprendía a disfrutar un poco de la vida, y que de todos modos si no había suficiente comida en invierno sería culpa de los inmigrantes.

Llegó el invierno, la Cigarra se quedó sin comida y tuvo que suplicar ayuda a la Hormiga. Y la Hormiga ayudó a la Cigarra, porque eso es lo que hacen las hormigas: son buena gente a la que no le importa trabajar y que cuida de los demás, incluso si son idiotas. Y así, la Cigarra cogió lo que ella consideró una parte razonable de las reservas de la Hormiga, que acabó siendo un 60% tras una auditoría realizada por una Cigarra independiente.
Nuestra sociedad se ha vuelto fervientemente pro-Cigarra. La Hormiga es aburrida. La Hormiga no es una emprendedora carismática que ha conseguido el 60% de la comida gracias a su “ingenio“, ni se va de vacaciones a Ibiza con otras hormigas famosas, ni se compra bolsos de 8 millones de dólares. Pero, sin la hormiga, los trenes no funcionan, los hospitales colapsan, la ciencia se extingue y, de hecho, las cigarras se mueren de hambre (o de COVID).
Y no es que tocar la guitarra no sea importante – sin duda, Van Gogh o John Lennon eran Cigarras, y cada uno tiene su lugar en la sociedad. Pero ¿a quién ponemos a cargo de planificar el invierno? Contra toda lógica, las hormigas están perdiendo el favor público incluso en ese campo.
Esta distorsión del mérito ha alterado profundamente las aspiraciones profesionales. Hoy en día, la principal opción profesional para los jóvenes en USA y Europa, lo adivinaste, es “influencer“. Según una encuesta de 2024 a jóvenes norteamericanos de entre 18 y 30 años, el 33% dijo que quería ser influencer, principalmente de videojuegos (49%) o moda (46%).

Solo en España, se estima que más de 11.000 médicos han abandonado el sistema público de salud desde 2020, en gran parte debido al agotamiento y los bajos salarios. En el Reino Unido, las vacantes en la NHS superaron las 110.000 en 2023, con 42.400 empleados dimitiendo de sus puestos solo en el segundo trimestre de 2022 debido, principalmente a “dificultades para conciliar vida laboral y personal”.
Asimismo, un estudio de 2022 publicado en Nature reveló que casi el 40% de los jóvenes científicos Europeos se están planteando abandonar sus carreras de investigación debido a la inseguridad laboral. Y en 2024, 50 hospitales en Francia cerraron sus salas de urgencias debido a la escasez de personal. Las enfermeras, consideradas durante mucho tiempo la columna vertebral de la atención sanitaria, se enfrentan a niveles tan intensos de agotamiento que la Organización Mundial de la Salud prevé un déficit mundial de 10 millones de trabajadores sanitarios para 2030.
Todo bien en el frente corporativo
Pero no todas las profesiones están de capa caída: da la casualidad de que los llamados “trabajos de mierda” se han convertido en una gran opción profesional. Y por “trabajos de mierda” nos referimos al libro de 2018 del antropólogo David Graeber “Trabajos de mierda: una teoría”, que argumenta que el capitalismo no es tan eficiente como presume, y que una gran cantidad de trabajos no tienen otra función que mantener a la gente controlada y evitar el cuestionamiento del sistema económico. Serían, en cierto modo, los mandarines del capitalismo improductivo.
Y, efectivamente, los puestos de trabajo identificados por Graeber – gerentes de ‘compliance’, estrategas de relaciones públicas, mandos intermedios que supervisan a otros gerentes, consultores internos… – han visto como sus salarios se disparaban en las últimas dos décadas, mientras que los salarios de profesiones esenciales como maestros, científicos o doctores, se han estancado.
Crecimiento medio de la remuneración en términos reales desde el año 2000
| Tipo de trabajo | % de aumento |
| Responsable de Compliance | +90% |
| Manager de Relaciones Públicas | +95% |
| Banquero de inversión | +105% |
| Mando intermedio (no tecnológico) | +85% |
| Profesor (USA/Reino Unido) | De -5% a -8% |
| Científico / Investigador público | De 0 a -3% |
| Enfermero | De 0 a -2% |
Graeber quizá haya sido demasiado lírico etiquetando todos estos trabajos como “de mierda”, pero es difícil no pensar que los trabajos esenciales (ingenieras de caminos, taxistas, enfermeros…) deberían ser empleos respetados y bien remunerados.
Amables pero fuertes
No caigamos en el cliché de “todas las personas ricas y poderosas son malas”: hay muchos ejemplos positivos de personas verdaderamente inteligentes y poderosas que creen firmemente en el bien común.
1) Nick Hanauer, empresario, multimillonario y uno de los primeros inversores en Amazon. Activista contra las desigualdades y la riqueza extrema.
“Nuestro país está pasando rápidamente de una sociedad capitalista a una sociedad feudal”.
2) Jacinda Ardern, ex primera ministra de Nueva Zelanda. Abogó por una economía basada en el bienestar por encima del crecimiento del PIB, una fiscalidad justa, una mayor protección de los trabajadores y una fuerte inversión pública, manteniendo al mismo tiempo la estabilidad fiscal.
“Espero dejar a los neozelandeses con la creencia de que se puede ser amable, pero fuerte, empático pero decisivo, optimista pero dedicado”.
3) Paul Polman, CEO de Unilever (2009-2019), abandonó los beneficios trimestrales como guía empresarial e incorporó la sostenibilidad como estrategia comercial principal de la compañía.
“Las empresas no pueden tener éxito en sociedades que fracasan”.
4) Yvon Chouinard, fundador de la marca de ropa Patagonia. En 2022, Chouinard transfirió la propiedad de su empresa (valorada en ~ $ 3 mil millones) a a una fundación sin ánimo de lucro con el propósito expreso de luchar contra el cambio climático y proteger la naturaleza.
“La Tierra es ahora nuestro único accionista.
Contrariamente a la creencia dominante actual, muchísima gente tiene la inteligencia, las habilidades y la oportunidad de ganar dinero… pero toma solo lo que necesita, usando el resto para el beneficio de todos.
¿Es justificable, entonces, que entre 2000 y 2023, las ventas de superdeportivos se triplicaran, y las de artículos de lujo y superyates se duplicaran? En los últimos diez años, el gasto en cosas como el falso bolso Ikea de Balenciaga de 2.145 dólares, el Bugatti “La Voiture Noire” de 18,7 millones de dólares, el viaje al espacio de Jeff Bezos, o los plátanos de 6 millones de dólares, ha aumentado en 130.000 millones de dólares. En la época de mayor riqueza de la historia de la humanidad, un poco como hacia 1789, nuestros recursos parecen estar desproporcionadamente en manos de María Antonietas sin empatía y nada demasiado útil que hacer con el dinero.

“La historia no se repite, pero rima”
Es innegable: hemos puesto a la Cigarra a cargo de almacenar alimentos para el invierno. Y cuando hemos descubierto que los graneros están vacíos, y que sus fortunas personales han aumentado en 2.000 millones de dólares (como la de Donald Trump), nos hemos creído su propaganda, hemos culpado a los mexicanos o a las feministas, y hemos aceptado malgastar miles de millones en tanques y misiles, siguiendo sus instrucciones. Todo eso está pasando, y es culpa nuestra.
Pero eso no significa que tengamos que rendirnos y aceptar mil años de oscuridad, guerra y saqueo. Hay algo que sí podemos hacer, y es tan simple como usar nuestro capital con propósito. Si eres uno de los nuestros, los que construyen, los que arreglan problemas, los empáticos, los hacedores, entonces pon tu dinero en personas como tú. Y, lo que es más importante, no se lo des a los otros: privados de capital, no tienen ningún poder.
El capital (o las compras) en empresas que resuelven problemas reales, dirigidos por personas competentes y con visión, generan beneficios más allá de la ganancia financiera inmediata. Ganarás dinero, seguro, pero también verás cómo las cosas mejoran para todos. Cada euro que inviertes en fondos especulativos refuerza los combustibles fósiles, los fabricantes de armas o la especulación inmobiliaria. Cada euro que mueves hacia innovación en salud, energía renovable o educación ayuda a empujar al mundo en la otra dirección.
Y lo que es más importante, tu dinero se convierte en una declaración, en un voto. Una declaración de que valoras la contribución por encima de la extracción, que confías más en los ingenieros que en los influencers. Que eres uno de los nuestros.
Porque los payasos quizá dirigen el circo, pero la gente que realmente puede arreglar las cosas existe, y te necesitan.
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