Ahora que he captado tu atención, tal vez te estés preguntando qué tienen que ver qué tienen que ver algo tan inesperado como el cerumen (cera del oído) y las montañas rusas entre sí, y con la biotecnología. La respuesta es que ambos representan enfoques novedosos para diagnosticar y tratar la enfermedad de Parkinson.
Afectando a más de 10 millones de personas en todo el mundo, la enfermedad de Parkinson (EP) ocupa el segundo lugar entre las enfermedades neurodegenerativas más comunes. Con una prevalencia de aproximadamente el 1 % en personas mayores de 60 años, los temblores característicos en las manos, la rigidez muscular, los movimientos lentos y los problemas de equilibrio asociados con la EP son el peor temor de toda persona que envejece.
En cuanto al tratamiento, el Parkinson y el Alzheimer están, más o menos, en el mismo barco: ninguno tiene cura, y tampoco existen tratamientos que modifiquen el curso de la enfermedad, por lo que lo mejor que se puede esperar actualmente es aliviar los síntomas existentes o ralentizar la aparición de nuevos.
Por eso, la investigación en busca de nuevas y mejores soluciones continúa de forma intensa, y algunos enfoques recientes, tan curiosos como prometedores, han inspirando este repaso a lo que está ocurriendo en el mundo del Parkinson en 2025.

La conexión con la dopamina
Pero demos un paso atrás respecto a los avances recientes y comencemos con lo que ya sabemos: la conexión entre el Parkinson y esa hormona del “bienestar” que todos conocemos y amamos: el neurotransmisor dopamina. Específicamente, la EP está asociada con la muerte de las neuronas dopaminérgicas (que sintetizan dopamina) y una reducción de los niveles de dopamina en el cerebro.
La cuestión de si la muerte celular causa la reducción de dopamina, o si la disminución de dopamina precede a la muerte celular (el clásico dilema del huevo o la gallina), aún no se ha resuelto del todo, pero el mensaje clave es que el Parkinson y la dopamina van de la mano, y aumentar los niveles de dopamina en el cerebro es crucial para tratar el Parkinson.
Ya sea imitándola (mediante el uso de análogos de dopamina) o produciéndola (aumentando la producción natural), la dopamina ha servido como base para muchas de las terapias emergentes desarrolladas en los últimos años.
Estimulación cerebral profunda
Uno de los tratamientos estándar para el Parkinson que no apunta directamente a la dopamina es la estimulación cerebral profunda (DBS, por sus siglas en inglés). Aunque la DBS no es una novedad en el tratamiento del Parkinson —el primer procedimiento quirúrgico fue aprobado por la FDA en la década de 1990—, el campo ha experimentado recientemente un avance significativo con la aprobación del primer dispositivo de DBS adaptativa (aDBS).
Los sistemas convencionales de DBS consisten en electrodos que se insertan profundamente en el cerebro y se conectan a un generador de impulsos implantado en el abdomen o el pecho. El generador de impulsos puede programarse para enviar pulsos eléctricos a los electrodos cerebrales a intervalos regulares, con el fin de regular las señales eléctricas cerebrales anormales.
El nuevo dispositivo adaptativo desarrollado por Medtronic ajusta los pulsos eléctricos al ritmo del cerebro en tiempo real, proporcionando una estimulación personalizada según el estado y las necesidades del paciente. Esto representa un paso importante hacia un tratamiento más personalizado de la EP. Sin embargo, a pesar de su potencial, este enfoque sigue tratando los síntomas en lugar de la causa raíz del Parkinson.
Un imitador de dopamina entra en fase de ensayo
En el frente de los nuevos fármacos, Herantis Pharma anunció recientemente el inicio de la fase final de su ensayo clínico de fase 1b para probar HER-096, un tratamiento terapéutico pionero que imita la proteína factor neurotrófico dopaminérgico cerebral (CDNF, por sus siglas en inglés).
HER-096 ya ha demostrado que promueve la supervivencia de las neuronas dopaminérgicas en estudios preclínicos, y su capacidad para atravesar la barrera hematoencefálica lo convierte en un fuerte candidato a ser el primer tratamiento verdaderamente modificador de la enfermedad para el Parkinson. Se espera que los resultados del ensayo se publiquen a finales de este año.
Células madre y Parkinson
Las células madre han mostrado potencial en prácticamente todos los campos de la medicina, así que no sorprende que su uso en el tratamiento del Parkinson sea otra vía que están explorando los investigadores. Si se va a implantar algo en el cerebro para combatir el Parkinson, ¿por qué no usar células madre en lugar de electrodos?
De hecho, después de superar una serie de desafíos técnicos, los investigadores finalmente lograron transformar células madre en neuronas productoras de dopamina con el potencial de reemplazar las células perdidas a causa del Parkinson. Actualmente hay dos ensayos clínicos en marcha, ambos con resultados positivos, incluyendo un aumento en la producción de dopamina y mejoras en los síntomas.
La carrera está en marcha para ver cuál de estos dos tratamientos será aprobado primero y si podrán competir con el imitador de dopamina de Herantis. De cualquier manera, parece las células madre jugarán un papel importante en el tratamiento del Parkinson en un futuro no muy lejano.

El eje microbioma intestinal-cerebro
Otra área de investigación sobre el Parkinson que sin duda merece ser mencionada es la conexión entre el microbioma intestinal y la enfermedad. Los problemas gastrointestinales, como las náuseas, el dolor y los trastornos digestivos como la diarrea o el estreñimiento, son síntomas menos reconocidos del Parkinson, que a menudo preceden a los síntomas neurológicos por muchos años.
De hecho, hay cada vez más evidencia de que el Parkinson podría originarse en el intestino, a pesar de que termina afectando el cerebro. No es tan sorprendente si se considera que el intestino tiene su propio sistema nervioso entérico, que está en comunicación constante con el cerebro a través de dos neurotransmisores clave: la serotonina y… lo adivinaste… la dopamina.
Respaldando esta teoría hay estudios que muestran diferencias significativas entre el microbioma intestinal de personas sanas y las que padecen EP, lo que sugiere que el microbioma podría ser no solo un objetivo importante para futuros tratamientos, sino también una fuente de biomarcadores potenciales para diagnosticar la enfermedad con años de anticipación.
Una IA que huele cerumen
Por supuesto, los tratamientos no sirven de mucho sin un diagnóstico oportuno, lo que nos lleva al ganador en la categoría de originalidad: una nueva prueba de detección para el Parkinson. Olvídate de orinar en un vaso o sacarte sangre, este dispositivo impulsado por inteligencia artificial es capaz de detectar cuatro compuestos orgánicos volátiles (VOCs) identificados como biomarcadores específicos del Parkinson, a partir de una muestra de cerumen.
El sebo (una sustancia aceitosa que se encuentra en la piel) contiene VOCs, y en el caso del Parkinson, los VOCs liberados se alteran como resultado del avance de la enfermedad. Resulta que, debido a que el cerumen (cera del oído) está protegido dentro del canal auditivo, es una fuente estable excelente de biomarcadores basados en sebo, ya que no está afectado por factores ambientales como sí lo está el sebo de la piel.
El estudio se basó en muestras tomadas de 209 personas, aproximadamente la mitad de las cuales fueron diagnosticadas con EP, las cuales se analizaron usando métodos analíticos estándar. Los datos de VOC del cerumen fueron luego introducidos en un sistema olfativo de inteligencia artificial (AIO) que, una vez entrenado, fue capaz de distinguir la EP con un 94 % de precisión. Así que, mantén esos hisopos a mano.

Realidad virtual y montañas rusas
Por último, tenemos la realidad virtual (VR), que ya se utiliza ampliamente en la rehabilitación de lesiones, cirugías y accidentes cerebrovasculares. Aunque la ciencia sobre el uso de la VR en el tratamiento de los síntomas del Parkinson aún está en fases tempranas, algunos ensayos clínicos han mostrado mejoras en las habilidades motoras cuando la VR se combina con fisioterapia y ejercicio.
Un paciente con Parkinson y defensor activo decidió no esperar a que la ciencia avanzara y se embarcó en una serie de deportes de aventura para aumentar sus niveles de adrenalina, con la idea de que la adrenalina tiene un efecto similar a la dopamina que podría compensar la pérdida que estaba experimentando.
Después de probar la escalada en roca y el ciclismo de descenso, pasó a montar montañas rusas, haciendo una gira por parques de diversiones en Florida. Como no siempre es fácil encontrar montañas rusas, al regresar optó por usar simuladores de VR de montañas rusas y otras actividades de aventura, y afirma que le han ayudado a mejorar su movilidad y equilibrio.
Aún está por verse si las montañas rusas, reales o virtuales, se convertirán en un tratamiento estándar para el Parkinson, pero mientras tanto, él se mantiene activo, se divierte, y anima a otros pacientes con EP a hacer lo mismo. Personalmente, no veo nada de malo en eso, y si algún día lanzan un ensayo clínico con montañas rusas, estoy seguro de que no les faltarán voluntarios.
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