Lo imposible

¿Se puede viajar más rápido que la velocidad de la luz? ¿Puede un cuerpo frío transferir calor espontáneamente a uno caliente? La respuesta es evidente: no, es imposible. Y no es “muy imposible”, como la paz en el mundo o cosas por el estilo: son físicamente imposibles. Son los muros de la realidad, los límites de la existencia.

¿O quizá no? Lo imposible parece cambiar con bastante frecuencia y, sin embargo, la sensación de seguridad absoluta de los científicos sobre su conjunto actual de límites de realidad es inquebrantable.

Es bueno que los científicos se apoyen en alguna que otra certeza, claro, pero ¿cuántas veces se ha demostrado que lo científicamente imposible es mera ignorancia? No sabríamos decirlo (¿415 veces quizás?), pero visitemos algunos célebres “¡Anda! Pues si resulta que no era imposible” de la historia de la medicina.


¡Circulen!

En los tiempos en que la gente llevaba espadas, los dogmas científicos se basaban en gran medida en el método deductivo, que consiste en observar las cosas y deducir lo que está pasando. Este método sirve para explicar algunas cosas (quién ha matado al Doctor Limón, por ejemplo), pero flojea cuando tiene que explicar cosas como el vulcanismo, la genética o el electromagnetismo.

“Lo imposible” quedó mejor definido una vez que el método científico fue universalmente aceptado. Cualesquiera que sean tus creencias – que el mundo fue creado por los sueños y canciones de gigantes ancestrales, o que la tierra es hueca y su interior está habitado por hombres-mono y nazis (https://legacy.geog.ucsb.edu/hollow-earth-with-holes-at-the-poles/) – el método científico debería resultarte digno de confianza: observar, conjurar una hipótesis, experimentar, reproducir resultados, aceptar una verdad. Es sólido y, a diferencia de la creatividad poética, se puede usar para inventar cosas como la tostadora o el Gore-Tex.

Antiguamente, lo imposible era simplemente cualquier cosa contraria a lo que la mayoría de la gente creía. Y así, durante 1.500 años, sugerir que la sangre recircula en el cuerpo era tan ridículo como sugerir un viaje en el tiempo porque Galeno, un erudito romano que murió en 216, había descrito un sistema en el que la sangre era uno de los cuatro humores del cuerpo, se creaba sin cesar en el hígado y era consumida por los órganos. Y punto.

Pasó un milenio hasta que Ibn al-Nafis, un médico de Damasco, diseccionó corazones humanos y concluyó audazmente que la sangre no podía pasar a través de la pared ventricular sólida, un punto clave en la teoría de Galeno. En cambio, escribió, debía pasar del ventrículo derecho a los pulmones, luego al ventrículo izquierdo a través de la arteria y la vena pulmonares. Esta descripción correcta de la circulación pulmonar – en el año 1242 – no tuvo ningún impacto en la ciencia en ninguna parte, porque, como todo el mundo sabía, eso era simplemente imposible: la sangre se consumía y no se recirculaba, un poco como la creencia actual de que el oxígeno no se recircula sino que se consume sin cesar (una creencia que parece tener suficiente base científica).

El erudito español Miguel Servet redescubrió la circulación pulmonar en 1553, pero, desafortunadamente, publicó sus hallazgos en el mismo libro en el que criticaba la teología contemporánea, lo que le valió ser quemado en la hoguera junto con su libro.

William Harvey, un médico inglés educado en Padua, fue finalmente el descubridor “oficial” de la circulación sanguínea. Sus cuidadosos experimentos y cálculos demostraron que la sangre circula en un circuito continuo, y tuvo el buen sentido de publicar sus resultados sin añadirles comentarios políticos.

Sus hallazgos provocaron reacciones furiosas de científicos enojados porque un científico había realizado experimentos científicos para refutar escritos de 1500 años de antigüedad, sin ninguna prueba, de un tipo con toga. Pero ya no había vuelta atrás: el peso de la evidencia de Harvey, más el hecho de que los experimentos comenzaban a considerarse más importantes que la prosa, más los hallazgos complementarios de Marcello Malpighi (quien descubrió los capilares en 1661, la última pieza que faltaba en el rompecabezas circulatorio), finalmente convencieron a la ciencia de que la circulación sanguínea no era imposible, sino todo lo contrario.

Curiosamente, este descubrimiento casi coincidió con la aceptación de otra nueva e impactante verdad: la Tierra giraba alrededor del sol, no al revés. ¡Ah, el siglo XVII! ¡Qué montaña rusa para las mentes curiosas!


Distintas sangres

Bajo el microscopio, todas las sangre son iguales (y, por cierto, ninguna es azul). En 1900, sugerir que ciertas diferencias invisibles en la sangre de las personas podían matar era tan místico y absurdo como… bueno, es difícil decirlo realmente; la medicina era bastante exótica por aquel entonces. Se recetaban inyecciones de radio para aumentar la vitalidad, las mediciones craneales diagnosticaban la “degeneración”, se hacían transfusiones de leche de vaca a pacientes con cólera, y Bayer Pharmaceutical fue pionera en vender heroína a los niños – décadas antes que el Cartel de Sinaloa.

Estas y otras teorías extravagantes eran corrientes en 1850, pero la existencia de diferentes sangres entre individuos humanos era totalmente imposible. Las transfusiones de sangre se hacían, y se hacían al azar; una verdadera ruleta rusa, ya que las probabilidades de una coincidencia de tipo de sangre entre dos individuos al azar son de aproximadamente el 55%, y las probabilidades de morir por una transfusión de sangre incorrecta están por encima del 80% a menos que el paciente reciba tratamiento inmediato con métodos médicos modernos.

Dado que la sangre era “solo sangre”, los cirujanos incluso la transfundieron de animales (ovejas, terneros). Los receptores solían morir, pero los médicos lo interpretaban como una consecuencia de la “constitución débil” del paciente, en lugar de una “supuesta” incompatibilidad.

Sin lograr comprender por qué las transfusiones podían salvar o matar a los pacientes, las autoridades médicas las prohibieron en el siglo 17, y una tímida recuperación en el siglo 19 terminó cuando la Academia de Medicina de París concluyó, en 1835, que las transfusiones eran simplemente demasiado peligrosas.

En 1875, Leonard Landois, un fisiólogo alemán, observó lo que sucedía al mezclar células sanguíneas de una especie animal con suero de otra, con resultados evidentes: algo en la sangre de un animal destruía las células del otro. Landois había descubierto la aglutinación y la hemólisis, la reacción inmune que causa la incompatibilidad transfusional, y advirtió que la  sangre humana podría tener incompatibilidades similares entre individuos. Su trabajo fue ampliamente aceptado por los científicos (influyó en los ganadores del Premio Nobel como Landsteiner o Ehrlich), pero fue completamente ignorado por los médicos, cuya realidad seguía siendo que las transfusiones de sangre eran imposibles. La medicina seguía paralizada.

No fue hasta 1902 cuando Karl Landsteiner finalmente resolvió el puzzle. El estudio sistemático de la mezcla de sangre de diferentes personas, más una pizca de microscopía moderna y de probabilidad, finalmente alumbró los grupos sanguíneos A / B / 0 que conocemos y apreciamos, y, en consecuencia, a la mitad de la medicina moderna (traumatología, cirugía cardíaca, trasplante de órganos, bancos de sangre …).

Landsteiner ganó un Premio Nobel y fama eterna, pero gente como Landois ha quedado fuera del Gran Olimpo de los científicos. ¡Qué se le va a hacer! Unas veces se gana, y otras veces toda tu vida de esfuerzo y lucha termina disolviéndose en el olvido.


Nervios eléctricos

Este coche de aquí, el Rimac Nevera, no sólo es horrible, estúpidamente caro, totalmente innecesario y tiene un nombre absurdo: también es un coche homologado para carretera que es más rápido que las señales nerviosas.

Dado que sabes que las señales nerviosas son impulsos eléctricos, esto puede parecer extraño; la electricidad tiende a ser más rápida que los coches, ¿no? Pero la transmisión nerviosa no es como la corriente de los cables eléctricos; los nervios son un sistema complejo y muy hermoso de electroquímica “saltarina” que puede transmitir señales a una velocidad máxima de aproximadamente 430 km / h.

En cualquier caso, sabías que los nervios transmiten señales eléctricas, lo que no sería el caso si estuvieras leyendo este blog en el siglo 18. Los nervios se conocían desde la antigüedad, por supuesto, pero eran un conducto biológico, como las venas o los intestinos y, como tales, se suponía que transmitían un fluido; concretamente, un fluido vital con el estupendo nombre de Spiritus Animalis.

En 1791, Luigi Galvani observó que tocar la pata de una rana muerta con varillas de metal la hacía contraerse, y dedujo que los animales vivos podían crear, almacenar y usar electricidad. El mundo no aceptó en absoluto sus conclusiones: era bien sabido que la presencia de electricidad en un organismo era una imposibilidad física. Otro famoso pionero eléctrico italiano, Alessandro Volta, se convirtió en un firme opositor del trabajo de Galvani, y sus amargos enfrentamientos se volvieron legendarios.

Siendo justos, Galvani tenía muy poca idea de lo que había descubierto, y Volta tenía gran parte de razón: la electricidad de la rana había sido creada químicamente por las varillas de metal. Para probar su argumento, Volta inventó nada menos que la pila química. Galvani, por supuesto, tenía su parte de razón: el cuerpo usaba electricidad para decirle a los músculos que se movieran. Pero no sabía cómo, y la mayoría de sus demostraciones públicas giraban en torno a usar corrientes eléctricas para provocar contracciones en cabezas de buey y en cadáveres de criminales ejecutados. Estos espantosos espectáculos hicieron poco para avanzar en la verdadera comprensión de la bioelectricidad, pero lograron inyectar algo de vida en la idea de que “algo eléctrico estaba sucediendo” en el cuerpo.

Galvani nunca vio triunfar sus ideas, pero, irónicamente, los hallazgos clave de científicos como el médico alemán Emil du Bois-Reymond que finalmente demostraron la naturaleza eléctrica del sistema nervioso, alrededor de 1840, solo fueron posibles gracias a una máquina más moderna y precisa para medir la electricidad: el galvanómetro, una máquina no inventada por Galvani, pero nombrada así en su honor.

Du Bois-Reymond demostró sin lugar a dudas que los nervios usaban electricidad, y aunque comprender su verdadera naturaleza (el potencial de acción iónico) tomó otros 100 años, los médicos ya estaban haciendo electrocardiogramas a fines delsiglo XIX  .

Y, así, otra cosa “imposible” se convirtió en un gigantesco negocio.


Señales ocultas

Una vez que se acepta una verdad, se convierte en dogma casi instantáneamente. La naturaleza eléctrica del sistema nervioso, por ejemplo, pasó de imposible a absoluta en el espacio de 50 años, y en los albores del siglo 20 se suponía que los impulsos eléctricos controlaban todas las acciones del cuerpo, desde el movimiento muscular hasta las secreciones digestivas. El cuerpo había pasado de ser una bolsa de humores y fluidos espirituales a una máquina controlada por cables eléctricos.

El concepto de comunicación química orgánica se fue a pique con bastante rapidez, quedando asociado rápidamente con charlatanes y remedios milagrosos. Uno de los primeros defensores de la idea de la endocrinología fue el eminente fisiólogo Charles Brown-Séquard, quien publicó un artículo en The Lancet en 1889 argumentando que, dado que “la mente y el cuerpo de los hombres se ven afectados por el abuso sexual y la masturbación” (o por la castración), los órganos sexuales debían contener entidades químicas que vigorizan y rejuvenecen el cuerpo.

Dicho y hecho: Brown-Séquard se inyectó extractos de testículos de animales triturados, anunció efectos rejuvenecedores inmediatos, y miles de otros hombres (ninguna mujer) siguieron su ejemplo. Su “Elixir de la Vida”, nunca corroborado por un solo experimento serio, se convirtió en un chiste para la comunidad científica. El episodio desacreditó aún más el concepto de secreciones internas, degradado así de “imposible” a “risible”.

La visión ortodoxa, defendida por el gran fisiólogo ruso Ivan Pavlov, era que cosas como la secreción pancreática estaban completamente controladas por los nervios. Pero en 1902 William Bayliss y Ernest Starling llevaron a cabo una serie de elegantes experimentos que fueron muy difíciles de refutar.

Primero, seccionaron todos los nervios que llegaban al páncreas de un perro y observaron que inyectar ácido en el intestino seguía haciendo que el páncreas secretara su jugo; en ausencia de nervios, el intestino y el páncreas debían haberse comunicado de alguna manera. Además, pedazos de ese intestino fueron triturados, filtrados e inyectados en el torrente sanguíneo de otro perro; incluso sin comida, el páncreas comenzó a secretar de inmediato. No cabía duda: el páncreas respondía a un mensajero químico.

Se habían topado con la secretina, la primera hormona jamás descubierta, y el peso de su evidencia era simplemente aplastante. El propio Pavlov, el gran Pope del “nervismo”, se opuso tanto a la idea que hizo que sus estudiantes replicaran los experimentos de Bayliss-Starling para encontrar errores que los desacreditaran. Pero sus hallazgos corroboraron completamente la teoría de las hormonas, e incluso él tuvo que admitir que lo que la fisiología había creído imposible era, de hecho, la verdad.

El descubrimiento de las hormonas nos ha dado la insulina, las inyecciones de adrenalina, la fertilidad in vitro y bla-bla-bla. Pero lo que realmente quieres saber, seguramente, es “¿puedo rejuvenecerme con testículos de toro aplastados?”.  En realidad no, pero puedes inyectarte testosterona y ver qué pasa. Además, los testículos producen, pero no almacenan hormonas; para recibir una cantidad significativa de testosterona, necesitarías aplastar un cuarto de tonelada de testículos de toro – a unos 200 toros por inyección.

Francamente, muchos testículos para poco resultado.


Nuevas neuronas

Esta es una imposibilidad con la que probablemente concuerdes: las neuronas no se regeneran. Una pierna rota o una herida se curan con el tiempo, el daño cerebral o las lesiones en la columna vertebral no.

En 1928, el nobelizado neurocientífico español Santiago Ramón y Cajal, el hombre que cartografió la red sináptica del cerebro, fue contundente: “En los centros adultos las vías nerviosas son algo fijo, terminado, inmutable. Todo debe morir, nada puede regenerarse”.

Pero, en las décadas de 1960 y 1970, los trabajos de Joseph Altman y, más tarde, de Michael Kaplan (MIT), brindaron la primera prueba sólida de que ratas y primates adultos generaban nuevas células en el hipocampo y el bulbo olfatorio, y sugirieron que podrían ser nuevas neuronas. Como se sabía que esto era imposible, su trabajo fue descartado o ignorado: aparentemente, un colega senior le dijo a Kaplan que se concentrara en algo “más creíble” si “quería conseguir trabajo”.

Los siguientes hallazgos clave que sacudieron esta imposibilidad provinieron de dos experimentos francamente espectaculares:

  1. Canarios cantarines. Fernando Nottebohm, de la Rockefeller University, demostró más allá de toda duda razonable que, cada primavera, cuando los canarios aprenden nuevas canciones, crean nuevas neuronas para ayudar a almacenarlas.
  2. Residuos de bombas nucleares. Entre 1950 y 1990, se detonaron alrededor de 1.500 bombas nucleares en la Tierra. Cada una de estas explosiones liberó grandes cantidades de carbono-14, un elemento de traza utilizado abundantemente en arqueología; en 1998, un equipo sueco dirigido por Peter Eriksson y Fred Gage midió el C-14 en células del hipocampo de personas nacidas en diferentes momentos, y demostró que algunas neuronas nacieron después que la persona, es decir, durante la edad adulta.

Estas y otras pruebas sugerían que lo “imposible” no era tan imposible después de todo: los cerebros adultos podían generar nuevas neuronas, particularmente en el hipocampo (importante para la memoria) y el bulbo olfativo (para el olfato). Es más: el estilo de vida pareciá tener importancia, ya que el ejercicio y la dieta aparentemente estimulaban la neurogénesis. Y por “aparentemente” queremos decir “sin evidencia alguna”, lo que lógicamente provocó una avalancha de dietas neurogenéticas, gurús de la salud, influencers y TED Talks sobre la regeneración de células cerebrales, todas ellas con el rigor científico de una película de Flash Gordon.

Deshacer este “imposible” en concreto está, en realidad, a medio hacer. Un estudio bastante sólido de 2018 demostraba que la neurogénesis adulta en el hipocampo es extremadamente rara, si es que existe, y la controversia sigue y sigue (puede leer sobre esto en este breve y claro artículo en The Atlantic: https://www.theatlantic.com/science/archive/2018/03/do-adult-brains-make-new-neurons-a-contentious-new-study-says-no/555026/).

La reparación de cerebros y columnas vertebrales dañados podría convertirse en una realidad en algún momento, y su aura de imposibilidad ya tiene varias grietas. Démosle otros 65 años y veamos qué pasa.


Mucho más

Hay muchas otras verdades refutadas en medicina: los virus pueden transmitir cáncer, hay ganglios linfáticos en el cerebro, el apéndice no es solo un órgano vestigial, el corazón es un órgano endocrino… y muchos, muchos más.

Esta tendencia histórica de aceptar religiosamente ideas erróneas podría llegar a parecer incluso estupidez deliberada, pero ¿quién va a culparnos? La realidad es ridículamente complicada, y desvelar los misterios del universo no es nada fácil. La neurogénesis, por ejemplo, está “a punto” de demostrarse desde hace 65 años, y todavía tenemos poca idea de si realmente podemos hacer crecer células cerebrales.

Las cosas son lentas, complicadas y… bueno, quizá algún día llegaremos a alguna parte.