En 1847, habían dos clínicas en Viena donde se podía dar a luz: la Primera Clínica, más grande y equipada con los mejores médicos de Austria, y la Segunda Clínica, atendida solo por matronas. Pero, sorprendentemente, las madres vienesas suplicaban que las llevaran a la Segunda Clínica, y a veces incluso preferían dar a luz en la calle en lugar de la temida Primera Clínica.
La razón era simple: sobrevivir, esa típica preocupación humana. La tasa de mortalidad materna en la Segunda Clínica era de alrededor del 2%, pero en la Primera Clínica era un asombroso 15% – nada menos que 1 de cada 6 madres morían tras el parto. La razón, vista ahora, era simple: los médicos realizaban cirugías, autopsias y partos de manera consecutiva y sin lavarse las manos. Ellos mismos estaban contaminando a las madres con bacterias de cadáveres, y muchas morían de fiebre puerperal en cuestión de días.
El médico Ignaz Semmelweis se olió que algo no chutaba – literalmente: llegó a la (errónea) conclusión de que el olor a cadáver que se adhería a las manos del médico podría estar afectando de alguna manera a las madres, y decidió ordenar al personal que se lavasen las manos con una solución de cal clorada para eliminar el hedor. De la noche a la mañana, la tasa de mortalidad post-parto de la Primera Clínica de Viena cayó del 15% al 2%.
Ignaz debería haber sido aclamado como un héroe de la medicina, pero… todo lo contrario: fue atacado y ridiculizado por esos mismos médicos que ya no estaban matando involuntariamente a sus pacientes. Ofendidos por la sugerencia de que “las manos de un caballero puedan estar sucias”, los responsables de la Primera Clínica despidieron a Semmelweis y eliminaron el lavado de manos, con lo que las tasas de mortalidad volvieron a sus niveles anteriores.

Impertérrito (aunque cabreado), Semmelweis abandonó Viena y asumió el puesto de Jefe de Obstetricia en una clínica de Pest, donde repitió el mismo patrón: instituyó el lavado de manos, redujo la mortalidad post-parto a casi cero.
A pesar de la abrumadora evidencia de que había descubierto algo grande, sus ideas fueron rechazadas y ridiculizadas hasta que Semmelweis finalmente perdió la cabeza. Fue internado en un manicomio en 1865 y murió a los pocos días, supuestamente tras una brutal paliza por parte de los guardias.
Por sus descubrimientos, y por salvar miles de vidas, Ignaz Semmelweis fue asesinado. Las personas que lo mataron (aunque indirectamente) fueron médicos, científicos, académicos y miembros respetados de la profesión médica: justo el tipo de gente en quien confías tu vida cuando entras en un hospital.
Los médicos, científicos, académicos y miembros respetados de la profesión médica, por lo tanto, pueden ser profundamente estúpidos, y sus fracasos intelectuales suelen significar la muerte de grandes ideas y de mucha gente.
Así que aquí va un breve compendio de ceguera, estupidez, rigidez, e incompetencia, aunque también de renacimiento e iluminación – que también hay algo de eso en el mundo.
1. Catéteres cardíacos: ¡Aguántame el cubata! (1929)
Millones de personas deben sus vidas a la invención del cateterismo cardíaco, la técnica quirúrgica de llegar al corazón mediante un catéter insertado a través de una arteria o vena, en lugar de abrir el tórax. Pero hace cien años eso era imposible; de hecho, cualquier tipo de cirugía cardíaca era imposible entonces.
En 1929, un joven estudiante alemán de cardiología llamado Werner Frossmann pensó que debía ser posible insertar un catéter en el corazón para medir la presión o inyectar medicamentos. El pensamiento médico de la época era que tocar el corazón de cualquier manera causaría la muerte instantáneamente; sin dejarse intimidar por la perspectiva de una muerte ridícula, Frossmann decidió realizar el experimento sobre sí mismo. Engañando a una enfermera para que le ayudara, se insertó un catéter a través de la vena antecubital, y lo empujó 60 cm hasta que quedó cómodamente instalado en su aurícula derecha.
Sin quitárselo, Werner caminó hasta el departamento de rayos X, en el piso de abajo, y tomó una radiografía de su corazón mostrando claramente el catéter en la cavidad ventricular derecha.

Este sorprendente avance le valió el Premio Nobel… en 1956. Pero en 1929, después de que se aceptase a regañadientes la importancia de su descubrimiento, le valió ser despedido del hospital, y su reputación quedó tan arruinada que tuvo que abandonar la cardiología y convertirse en urólogo. En parte, quizá se debiera a su personalidad: ató a una enfermera a una mesa de operaciones para realizar su autocateterismo, y se hizo miembro del partido nazi en 1932, antes de que Hitler llegara al poder; todo parece indicar que Frossmann debía ser un personaje difícil.
De todos modos, su investigación fue rescatada del olvido por los médicos estadounidenses André Cournand y Dickinson Richards (con los que acabó compartiendo el Nobel) a finales de la década de 1940, convirtiéndose en una de las piedras angulares de la cardiología moderna.
Aunque en 1929 aún no existían muchas tecnologías necesarias para realizar cateterismos cardíacos, podríamos estimar que, si la técnica de Frossmann se hubiera adoptado tras su descubrimiento, se podrían haber salvado entre 2 y 5 millones de vidas. En fin.
2. Úlceras bacterianas: el bicho imposible (1982)
A principios de los 80’s, se consideraba que las úlceras eran resultado del exceso de ácido estomacal debido a la dieta y el estrés; las personalidades de “tipo A” se consideraban propensas a las úlceras y, por lo tanto, los tratamientos estándar para la gastritis solían incluir Valium o psicoterapia.
La idea de que las úlceras podrían ser una enfermedad causada por una bacteria que vivía en el ácido del estómago era considerada una locura. Por supuesto, para entonces ya se sabía que las bacterias podían vivir en géiseres, lagos salinos, volcanes, residuos radiactivos, pozos de alquitrán, el permafrost ártico, la estratosfera y posiblemente la luna. Pero… ¿el estómago humano? ¡De ninguna manera!
En 1982, los médicos australianos Barry Marshall y Robin Warren habían identificado Helicobacter pylori en pacientes con gastritis y úlceras pépticas, pero no habían logrado convencer a la comunidad médica de que esta bacteria vivía en el estómago y era, de hecho, responsable de las úlceras. Entonces, para demostrar esa relación causa-efecto, Marshall se bebió un vaso de precipitados de H. pylori, contrayendo una hermosa gastritis que se curó autoadministrándose antibióticos.
A pesar de la espectacular “performance” de Marshall, la comunidad científica se mantuvo escéptica hasta que nuevos estudios en la década de 1990 confirmaron la conexión bacteria-úlcera, y Marshall y Warren fueron debidamente galardonados con el Premio Nobel en 2005.
Las úlceras, antes una enfermedad crónica que a menudo evolucionaba a perforaciones estomacales o cáncer, se convirtió así en una enfermedad fácil de curar. Esto le ha ahorrado al mundo una gran cantidad de dolor, y unos 150 mil millones de dólares en costes sanitarios, dinero suficiente para pagar la mitad de lo que costaría enviar a Elon Musk a Marte – algo que debería ser una de las principales prioridades de la humanidad.
3. Medicamentos de ARNm: una idea frágil (1990-2020)
El ARN mensajero (mRNA) parecería un instrumento ideal para construir medicamentos. Esta diminuta molécula puede, en pocas palabras, decirle a las células humanas qué construir, desde factores de crecimiento hasta enzimas reparadoras. Pero, durante décadas, el ARN mensajero se consideró inútil: era extremadamente inestable (se degrada como un copo de nieve en una freidora en cuanto entra en el cuerpo) y genera respuestas inmunitarias e inflamatorias casi letales. Debido a eso, los esfuerzos para desarrollar tratamientos basados en ARNm en las décadas de 1990 y 2000 eran poco más que curiosidades académicas.
Así las cosas, el trabajo pionero de la científica húngara Katalin Karikó con mRNA en la Universidad de Pensilvania era contrario al dogma científico y a los intereses de las grandes farmacéuticas, y ya le había valido quedarse sin plaza de Profesor, y sin financiación, a principios de la década de 2000.
Por pura tozudez y fuerza de voluntad, Karikó logró convencer al profesor Drew Weissman de la validez de su trabajo, y juntos hicieron dos avances clave: (1) reemplazar la uridina por pseudouridina en el mRNA sintético, y (2) encapsular el mRNA en una lipopartícula (una gota de grasa, esencialmente), hacían que el mRNA se volviera seguro y estable, desbloqueando así su enorme potencial en medicina.
Ese descubrimiento clave fue enviado a las dos revistas científicas más importantes del mundo, Nature y Science… y rechazada. La revista Nature lo consideró “poco novedoso” y “sin interés para el público en general”, y Science lo rechazó por motivos similares – no era lo suficientemente innovador, y era demasiado especializado. El artículo fue finalmente aceptado por “Immunity” y se convirtió en la semilla, entre otras cosas, de la vacuna COVID de Moderna (que, contrariamente a algunas interesantes teorías , no está hecha con ADN del Anticristo, sino con mRNA modificado).
Karikó y Weissman finalmente recibieron el Premio Nobel en 2023, y se prevé que el mercado mundial de fármacos mRNA supere los 100 mil millones de dólares hacia 2030.

4 – Priones: zombis moleculares (1982 – 1997)
En 1982, el neurólogo Stanley Prusiner sugirió que ciertas enfermedades neurodegenerativas misteriosas y fatales (como la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, y más tarde la enfermedad de las vacas locas) no eran causadas por bacterias, virus u hongos, sino por una proteína autorreplicante, algo completamente inaudito. Lo llamó prión (de partícula infecciosa proteica).
La reacción del mundo médico fue unánimemente negativa. “Fue verdaderamente herético”, escribió Prusiner más tarde. Después de todo, ¿cómo podría replicarse algo sin ADN o ARN? Las propuestas de Prusiner fueron desestimadas como pseudociencia, y su trabajo fue ridiculizado como especulativo e incomprobable.
Y, sin embargo, los priones son muy reales, como mostraron las enormes pilas de vacas sacrificadas durante la crisis de las vacas locas de los 90’s. Un prión es una proteína mal plegada, que, incapaz de cumplir su función, simplemente se amontona y causa todo tipo de estragos. Y, sobre todo, se replica: cuando un prión mal plegado toca una versión “sana” de la misma proteína, le contagia su plegamiento, convirtiéndola de facto en un nuevo prión. Sí, los priones funcionan exactamente como los zombis de las películas.

Poco a poco, Prusiner (y otros) demostraron que los priones podían transmitir enfermedades entre animales y, más tarde, entre humanos, incluso en ausencia total de ADN.
En 1997, Prusiner recibió el Premio Nobel de Medicina, reivindicando una teoría que, no hacía mucho, se consideraba absurda; tal vez si se hubiera adoptado antes podría haber evitado la muerte de unas 200 personas y más de 4 millones de vacas británicas, aproximadamente el 40% de la población bovina total del Reino Unido.
5- Inmunoterapia: el largo rechazo (1950-1990)
El sistema inmunológico está diseñado para atacar cuerpos externos, pero, lo que es más importante, para no atacar al propio cuerpo. Cuando lo hace, lo que se obtiene es una enfermedad autoinmune: esclerosis múltiple, diabetes o artritis, por ejemplo.
Y las células cancerosas, a diferencia de los virus o las bacterias, surgen de las células propias del cuerpo, y comparten casi todas sus proteínas. “Los tumores son ‘propios’, sólo que distorsionados”, como lo expresó un investigador en el New England Journal of Medicine (1976). Así, la medicina pensaba que era imposible que el sistema inmunitario atacara a los tumores.
Pero en las décadas de 1950 y 1960, investigadores como Lewis Thomas y Sir Frank Macfarlane Burnet propusieron una idea audaz: tal vez el sistema inmunológico también patrulla el cuerpo en busca de cáncer; lo llamaron ‘inmunovigilancia tumoral’. La idea era que las células inmunitarias, en particular los linfocitos T, podían reconocer y eliminar los tumores emergentes antes de que pudieran convertirse en neoplasias malignas.
Los inmunólogos ignoraron en gran medida la idea, y los oncólogos se centraron en la quimioterapia, la cirugía y, más tarde, la radiación. Cuando las primeras versiones de las vacunas contra el cáncer y los refuerzos inmunitarios fallaron, en las décadas de 1970 y 1980, la teoría de la inmunidad contra el cáncer se hundió aún más en el rechazo. En 1980, la guía oficial de la Sociedad Americana del Cáncer describía la inmunoterapia como “prometedora en teoría, pero no clínicamente justificada“.
El inmunólogo Lloyd Old, un defensor acérrimo de esta teoría, escribió: “La palabra ‘inmunoterapia’ se volvió casi radiactiva. Era difícil conseguir subvenciones, más difícil aún publicar los artículos y, sobre todo, ser tomado en serio”.
Pero en la década de 1990 y principios de la década de 2000, varios estudios comenzaron a demostrar que las células T atacaban, de hecho, el cáncer , y que los tumores desarrollan mecanismos específicos para evadir la detección, en un ciclo interminable de caza y evasión. El siguiente gran descubrimiento fueron los inhibidores de puntos de control: anticuerpos diseñados para “revelar” tumores y desencadenar la respuesta inmunitaria (en particular, PD-1 y CTLA-4).
En 2011 se aprobó el ipilimumab, un anticuerpo anti-CTLA-4 contra el melanoma, y el campo de la inmunoterapia contra el cáncer, que antes se consideraba casi pseudocientífico, explotó: más de 20 nuevos tratamientos, un mercado proyectado de más de 1 billón de dólares, millones de pacientes tratados y decenas de miles de pacientes completamente curados.
En 2018, James P. Allison y Tasuku Honjo fueron galardonados con el Premio Nobel por su descubrimiento de la regulación de los puntos de control inmunitario, reivindicando la teoría de la inmunidad contra el cáncer tras 60 años de rechazo.
El yin y el yang del progreso
Todos estos casos (¡y muchos más!) ponen de relieve una paradoja central en el progreso de la medicina: las ideas transformadoras a menudo emergen desde el rechazo. La resistencia no solo es inevitable, sino que puede ser una señal de que un descubrimiento es fundamentalmente disruptivo.
Para los inversores, científicos y responsables políticos por igual, estas historias también ofrecen una lección menos divertida: el escepticismo es razonable, pero la estupidez y la parálisis intelectual no lo son. Y, sin embargo, siempre han estado ahí, acechando en las sombras, dominando las reuniones de juntas directivas y de subcomités institucionales. Y allí se quedarán para siempre, sobre todo si la gente buena no hace nada para detener a los idiotas egoístas y miopes.
Y, por desgracia, hay mucha gente así en los círculos del poder – sobre todo últimamente. ¿Te has fijado?
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