¿Te suena el nombre “Loretta Pleasant”? Seguramente no, y sin embargo, bien podría ser el primer ser humano inmortal que conocemos.
Loretta, que más tarde cambiaría su nombre a Henrietta Lacks, tuvo un comienzo poco prometedor para una vida inmortal: criada en una antigua cabaña de esclavos en Virginia por sus abuelos después de que su madre muriera cuando ella tenía 4 años, se casó con su primo y murió de cáncer en 1951 a la edad de 31 años. No le tocaron las mejores cartas.
Pero las células tumorales de Henrietta fueron biopsiadas de su cuerpo (sin consentimiento) y mostraron una característica inusual: no morían después de unos pocos ciclos de división, como suele ocurrir. De hecho, a día de hoy siguen sin haber muerto y, bajo el nombre de “células HeLa”, se han utilizado en miles de desarrollos médicos, incluyendo la vacuna contra la polio, el Cisplatino (una de las quimioterapias más comunes del mundo), los antirretrovirales contra el SIDA, CRISPR o la vacuna COVID.
En total, los medicamentos desarrollados gracias a las células inmortalizadas de Henrietta han tratado a miles de millones de personas, y salvado incontables vidas.

Si bien el legado de Henrietta (y sus células) aún vive y ha transformado el mundo para siempre, es posible que este no sea el tipo de inmortalidad que uno tiene en mente: la mayoría de la gente aspiraría a algo más que vivir eternamente en una placa de Petri.
Entonces, ¿podemos hacer inmortales no solo a unas pocas, sino a todas nuestras células?
La inmortalidad ya está llegando
En 1900, la esperanza de vida media al nacer era sorprendentemente baja: alrededor de 32 años a nivel mundial, y alrededor de 45 en los países ricos. Hoy en día, la esperanza de vida mundial es de unos 73 años, y muchas naciones la superan con creces (Japón y España lideran con más de 84 años). Básicamente, hemos duplicado la esperanza de vida en apenas cien años.
El agua potable y la higiene, junto las mejoras en la prevención de riesgos laborales y en dieta y ejercicio, nos han dado entre 20 y 30 años adicionales de vida. Las vacunas contra la viruela o la poliomielitis, los antibióticos (que convirtieron infecciones bacterianas mortales en inconvenientes curables), y avances como las transfusiones de sangre o la insulina, añadieron otros 10-15 años a nuestras vidas.

En la década de 1960, 70 años era ampliamente considerado como el límite de la vida humana, un concepto que ahora parece ridículo. Por ejemplo: mi padre acaba de regresar de un mes de viaje por Nueva Zelanda con 76 años, algo que ahora consideramos extremadamente normal.
El envejecimiento es una enfermedad y se puede curar
Si un médico moderno apareciera en la Edad Media y declarara que alguien ha muerto de una enfermedad llamada cáncer, la gente se quedaría estupefacta. “¿Cáncer? ¿Qué es eso? Se ha muerto de muerte natural”, dirían probablemente, y luego quemarían al médico en la hoguera, según dictaban las pintorescas costumbres de la época.
Del mismo modo, aceptar que la muerte por vejez es inevitable puede hacernos tan ignorantes como los europeos de la Edad Media, por mucho que hayamos aflojado con la quema de brujas.
El envejecimiento, al igual que el cáncer, puede considerarse una enfermedad derivada de la alteración de mecanismos biológicos. Por lo tanto, tiene vías metabólicas que se pueden modificar y procesos que se pueden detener o revertir.
Veamos en qué punto estamos: tour rápido de la investigación actual en Gerociencia.
“Sangre joven”: Parabiosis
El sentido común nos dice que beber la sangre de una joven doncella tiene, por fuerza, que rejuvenecer – al menos, eso parecía decirle a los novelistas románticos y a un montón de gente rara con sitios web extraños (estos enlaces pueden herir sensibilidades, cuidado!). Pero para las personas cuyo trabajo es distinguir la fantasía de la realidad (los científicos), este campo de investigación un tanto vampírico arrancó con un estudio publicado en Nature en 2005 (Conboy et al.), en el que dos ratones vivos se unieron quirúrgicamente para que compartieran un único sistema circulatorio. Cuando un ratón viejo se emparejaba con uno más joven, mostraba signos de rejuvenecimiento.
Hay dos teorías principales para explicar esto: la sangre vieja tiene “cosas malas” que te hacen envejecer, y/o la sangre joven tiene “cosas buenas” que te hacen rejuvenecer. Aunque parezca elemental, querido Sherlock, esto resume la falta de comprensión científica de las raíces de este fenómeno.
Con una base científica tan confusa, lo mínimo que uno esperaría es que algún americano lanzara una startup. Y, efectivamente, una compañía llamada Ambrosia ofreció transfusiones de plasma rejuvenecedor a $ 8,000 el pinchazo. Más de 600 personas lo compraron antes de que la FDA cerrara la empresa debido a su absoluta falta de base médica y los extraordinarios riesgos éticos y clínicos asociados.

“Células zombis” – Senolíticos
A medida que envejecemos, algunas células se vuelven senescentes: vivas pero disfuncionales, segregan inflamación dañina y envenenan todo lo que las rodea – un poco como algún que otro gobierno de alguna que otra superpotencia.
El porcentaje de células senescentes en un adolescente normal es del 0-1%, pero crece hasta aproximadamente el 15% en un hombre de 70 años; estas células parecen ser tanto causa como consecuencia del envejecimiento y, por lo tanto, se han convertido en un objetivo claro para las compañías farmacéuticas. Hoy hay más de 20 ensayos clínicos de fármacos senolíticos en marcha, con resultados positivos tempranos en indicaciones tan variadas como el Alzheimer, la fibrosis pulmonar o la artrosis
“Vaciar la caché” – Reprogramación Epigenética
Probablemente sabes que casi cualquier célula humana puede ser “reiniciada” como célula madre, convirtiéndola en pluripotente de nuevo para que luego pueda convertirse en cualquier otra célula. Este descubrimiento fue presentado por primera vez al público en 2006 y le valió el Premio Nobel al profesor Shinya Yamanaka.
Pero también se pueden retocar unos pocos factores como la metilación del ADN o la modificación de histonas, rejuveneciendo así la célula sin devolverla completamente a su estado “fetal”. En 2021, un notable experimento restauró parcialmente la visión en ratones viejos utilizando factores de Yamanaka, esencialmente rejuveneciendo las células oculares.
Con más de $ 3 mil millones en inversiones, empresas como Turn Bio y Altos Lab están desarrollando terapias anti-envejecimiento basadas en factores con nombres tan hermosos como OCT4, SOX2, KLF4 o c-MYC. Suena a ciencia ficción, pero los resultados preliminares sugieren que se pueden rejuvenecer órganos mediante la reprogramación epigenética.
“Genes de longevidad” – Edición del genoma
Es relativamente bien sabido que algunos genes prolongan la vida en los animales. Los genes Forkhead Box O (FOXO), relacionados con la reparación del ADN y la resistencia al estrés celular, han demostrado ser capaces de prolongar la vida útil de gusanos o moscas. También se ha establecido que algunos humanos particularmente longevos tienen variedades concretas de estos genes FOXO (en particular, japoneses e italianos) ¿Podemos, entonces, usar la tecnología CRISPR para editar genomas humanos para ser más longevos?
Aunque la edición generalizada de genomas humanos perfectamente sanos suena un poco a eugenesia nazi, y a pesar de un entorno regulatorio extremadamente adverso, la inversión en investigación de CRISPR para longevidad se ha multiplicado por 12 desde 2016.
“Atrasar el reloj” – Terapia con telomerasa
Cada vez que una célula se divide, sus telómeros, las capas protectoras al final de las cadenas de ADN, se acortan, hasta que finalmente la célula ya no puede dividirse más. Este tic-tac del reloj es uno de los mecanismos fundamentales del envejecimiento. En la década de 1980, los científicos descubrieron una enzima llamada telomerasa que puede reconstruir los telómeros y prolongar la vida de una célula. Ganó el Premio Nobel en 2009, y el mundo se dejó llevar por la imaginación: reconstruyes los telómeros, recuperas la juventud.
Desafortunadamente, jugar con la telomerasa tiende a causar cáncer, lo cual va un poco en contra del objetivo de vivir más. Y aunque empresas como BioViva o Libella están probando terapias génicas para revertir el envejecimiento mediante la restauración de los telómeros, la histeria de la telomerasa parece haberse desvanecido, junto con algunos cientos de millones de dólares de inversión.
“Ser rico” – Salud digital e IA
En un sorprendente giro de los acontecimientos, la tecnología moderna ha demostrado que ser muy rico puede prolongar significativamente la vida. Una plétora de wearables, IA y pruebas biológicas (genómicas, metabólicas, microbiómicas…) pueden integrarse para predecir y prevenir el deterioro de la salud.
Tomemos como ejemplo a Bryan Johnson, un empresario de Silicon Valley, que asegura gastar 2 millones de dólares al año en un meticuloso plan antienvejecimiento (“Project Blueprint”) que incluye el seguimiento de cientos de biomarcadores, y también transfusiones de sangre de su hijo. “De cada 12 meses que pasan, solo envejezco 7,6 “, afirmó. Si bien los resultados de su régimen pueden ser cuestionables, incluso pueden dar grima, pone de relieve los extremos a los que algunas personas están dispuestas a llegar para poder retrasar el envejecimiento.

Sumar vida a los años, no años a la vida
La esperanza de vida media europea se acerca a los 78 años, pero los años de vida saludable (el número de años que se espera que una persona viva sin discapacidad o limitaciones importantes en el funcionamiento diario) es de solo 64 años, lo que significa que pasaremos aproximadamente 15 años de nuestras vidas en mala forma. Esto, por supuesto, es un promedio: si estás leyendo esto, tienes 76 años y estás bastante sano, entonces eres como mi padre (o eres mi padre: en ese caso, hola papá 👋, nos vemos el martes)
Así que… vivir hasta los 110 años suena bien, pero no si significa pasar tus últimos 30 años de vida en la cama, gritándole a la televisión y comiendo papillas. Por eso, la palabra de moda es “Healthspan” o “Esperanza de Vida Saludable”, años vividos activamente y en buena forma.
Es importante entender que mejorar la salud de la sociedad parece, cada vez más, esencial para garantizar su sostenibilidad. Una vida saludable más larga significa menores costes sanitarios, más años productivos y adultos más felices. En 2020, los estadounidenses mayores de 65 años, el 17% de la población, representaron el 37% del gasto en atención médica. A este ritmo, todos los estados de bienestar del mundo están destinados a colapsar.
Eso, sumado al hecho de que las edades de jubilación se retrasarán a alrededor de 70 años en la próxima década, más el afán de los supermillonarios por ser jóvenes y guapos para siempre, significa que la medicina está reorientando significativamente sus prioridades hacia la extensión de los años saludables, no solo los años de vida. Suena bien, ¿verdad?
Invertir en la Fuente de la Juventud
La inversión total de capital riesgo (“VC”) en longevidad en el año 2000 fue inferior a 100 millones de dólares, lo que es básicamente nada. Doce años después, en 2012, se acercó a los 200 millones de dólares, que es el doble de nada. Pero doce años después, en 2024, superó los 9.500 millones de dólares, casi 50 veces más.
Se estima que el mercado de medicamentos senolíticos crecerá a una tasa del 35% anual durante la próxima década, y se que la “economía de la longevidad” alcanzará los $ 600.000 millones para 2030.

¿A la gente no le interesaba invertir en la juventud antes? Por supuesto que sí, pero la razón de este aumento tardío de la inversión es bastante simple: la tecnología no existía antes o, como en el caso de los telómeros, era poco de fiar. Los senolíticos o la reprogramación epigenética, en cambio, parecen capaces de dar resultados, al igual que la inmunoterapia o las vacunas de ARNm lo han hecho en los últimos años.
Y esa es la clave detrás de este aumento en la inversión: se basa en ciencia real que da soluciones técnicas reales a los problemas, incluso si este problema en particular no es, de hecho, un problema real.
El inevitable final filosófico
Hablar de inmortalidad requiere, inevitablemente, una conclusión filosófica. Y ahí va, no una, sino dos:
1: Las personas más empeñadas en la inmortalidad dan miedo
Las personas que parecen más interesadas en la vida eterna parecen ser los multimillonarios, villanos de película y líderes de la industria; en otras palabras, hombres con una proporción anormalmente alta de psicópatas. Perseguir sus obsesiones durante otros cien años, o verse jóvenes y guapos para poder “ligar con tías” a los 90 años son cosas que parecen tener un atractivo desmedido justo para el tipo de gente que probablemente no quieres que viva doscientos años.
Así que: si tuvieras que elegir entre dar a todo el mundo una vida mucho más larga, incluyendo multimillonarios megalómanos hambrientos de poder, o no dársela a nadie… ¿qué harías?
2: Ya somos bastante bobos, gracias
Nuestra sociedad ya muestra una preocupante deriva hacia la superficialidad, y parece poco probable que el permanecer joven y hermosos para siempre nos vaya a empujar hacia la búsqueda de la sabiduría y la trascendencia. Y aunque no hay nada de malo en verse joven y guapo (supongo), uno podría argumentar que si has existido durante 70 años y todavía mides tu valor como persona por tener más o menos pelo o los pechos más o menos firmes, es posible que hayas malgastado un poco tu vida.

Estas consideraciones no son, por supuesto, nada más que filosofía barata; lo que es realmente verdad es que una vida sana y activa sin enfermedades es extremadamente deseable, y que podemos esperar cambios notables en los próximos 20 años. Si tienes 30 o 40 años, tu vejez quizá sea radicalmente distinta de la de tus padres, y si tienes más de 70 años (hola otra vez, papá) es posible que esto ya no te llegue, pero sigues teniendo motivos para celebrar las tecnologías de la longevidad (y para invertir un poco en ellas): tus nietos sí van a poder disfrutarlo.
Si no hacemos explotar el planeta primero, claro.
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